08 noviembre 2009
Días violetas
07 noviembre 2009
Sin título/2
-¿Qué haces vieja? -el grito de Martino me hizo apartar el teléfono unos centímetros de la oreja.
Y antes que pudiera contestarle algo, me cortó.
-Te van a robar un día de estos, es muy fácil entrar a tu casa, cualquier vecino te abre y tú nunca cierras la puerta.
Después de caminar unas quince cuadras, Martino me indicó una casa vieja. Tenía un patio adelante lleno de un pasto tan alto que parecían raíces de algo subterráneo. No estaba iluminada por fuera ni por dentro. Abandonada.
Al principio quedé inmóvil, pero después decidí seguirlo. Llegó a la puerta y sacó un manojo de llaves. Destrancó la puerta y la empujó. La puerta crujió, como desperezándose de una larga siesta. No podía ver nada, solo seguía la voz de Martino que decía “por acá, por acá”. Llegamos a una habitación grande. Martino estiró su mano y cinchó una cuerda que hizo que una pequeña bombita diera una luz apagada. Empecé a recorrer el lugar con la vista: las paredes estaban despintadas y tenían un color amarillento como el de hojas de libros viejos. Había una ventana que daba a lo que parecía ser un patio trasero, donde apenas distinguía las hojas de árboles enormes. Había, también, una vieja tele blanco y negro que reconocí enseguida: la tenía Martino en su cuarto; un sofá viejo y hundido al medio, y discos desparramados alrededor de un equipo de música.
-Un amigo que trabaja en una inmobiliaria -empezó a decir Martino- me comentó que había una casa que, por líos familiares o algo así, no podían alquilar nunca, y entonces decidí venir a verla. Después me dije “¿por qué no aprovecharla?” y me fui trayendo cosas de casa. Es cómodo, hay luz acá y en el baño, y nadie se ha quejado por los ruidos...por ahora.
-Hola, le hablo de la inmobiliaria Minras, queríamos saber si sigue interesado en el apartamento que vio el lunes. -Era la voz muy impersonal de una chica que debía de soñar con trabajar de locutora.
-Si, estoy interesado -dije, y carraspeé, ya que apenas me salieron las palabras. Las primeras palabras del día siempre parecen venir de otra parte.
05 noviembre 2009
Sin título/1
Me desperté. Por la ventana vi el sol brillando con rabia. Intenté mover la cabeza pero el mareo me hizo arrepentirme. Cerré los ojos, respiré el aire viciado de la habitación. No me ayudó. Me levanté para ir al baño y choqué contra dos o tres botellas de whisky vacías. Tenía que ordenar un poco el cuarto.
En el comedor, me encontré con Martino durmiendo boca arriba tirado en el piso. En la tele pasaban un reality donde un tipo decidía, entre cinco tipas buenísimas, con cuál salir. Eso es mostrar la realidad, pensé, y seguí hacia la cocina a tomar un café.
Después del café, pateé gentilmente a Martino en la panza.
-¿... qué carajo? -dijo con voz muy adormilada.
-Dale gordo, levantate.
-Estoy en tu casa, ¿qué hago en tu casa? -se levantó despacio. Le sonaron cuatro vertrebras cuando terminó de pararse.
-Si no sabes tú. Debemos haber terminado la noche acá, pero no recuerdo mucho más después de las tres de la mañana.
-Yo menos, pero bueno, ¿tienes comida?
-Puede haber pizza vieja en el horno -respondí poco convencido.
Fue a la cocina y miró lo que quedaba. Era poco. Me lo mostró. Le dije que no quería, aunque tenía hambre, y no lo pensó dos veces. Los sacrificios que uno hace por los amigos. Fui al balcón y prendí un cigarro. El cielo estaba despejado, de un celeste furioso. La calle estaba quieta, no andaban muchos autos, y en la vereda solo estaba el viejo del quinto paseando su perro. Siempre lo pasea a las tres, así que debían ser las tres. Martino se acercó y me pidió un cigarro. Le di el que estaba fumando y saqué otro para mí.
-¿Y ahora qué vas a hacer? -me preguntó Martino.
-¿Qué voy a hacer con qué?
-Mariana no va a volver, y te quedaste sin trabajo hace una semana. Yo diría que algo vas a tener que hacer.
-Si, ya se, pero me parece que por ahora no.
-¿Por ahora no qué? -me preguntó extrañado.
-No sé...siento que hay algo equivocado, algo evasivo que tengo que agarrar con las dos manos y matarlo para poder seguir con mi vida.
-Estás diciendo estupideces.
-Puede ser -dije poco convencido. Era difícil tener una conversación seria con tremenda resaca.
Martino se fue al poco rato. Yo me quedé fumando en el balcón, mirando cómo las sombras de los árboles iban alargándose a medida que el sol se ponía, mirando a la gente pasar en familia o solos, rápido o lento, pero hacia otra parte. Pensé en salir corriendo a la calle y seguirlos, ver a dónde se dirigía esa corriente interminable de vidas, pero me di cuenta que estaba desvariando demasiado. Fui al cuarto y me tiré en la cama. Los resortes crujieron en una queja sorda. Me dormí inmediatamente.
El lunes de tarde tenía que ir a ver otro apartamento. El que tenía ahora era demasiado caro y demasiado grande para mi solo, tenía que volver a una ratonera como las que viví cuando era estudiante.
El edificio quedaba en el centro, zona en la que prometí nunca más volver porque me robaron tantas veces que ya era casi lo mismo que vivir en una comuna, pero no quedaba más remedio, desempleado las opciones eran pocas, y con un apartamento más pequeño iba a poder tirar unos meses sin preocuparme demasiado. Por alguna razón, no me sentía preparado para trabajar, y no era por vago, era por algo que intentaba explicarme sin suerte.
La entrada del edificio no tenía nada en particular, una puerta de vidrio grande con letras doradas que decían el nombre del mismo, aunque faltaban al menos dos letras. Al entrar me topé con el portero sentado detrás de un escritorio demasiado pequeño para su tamaño. La habitación estaba iluminada por una sola bombita de luz, y las paredes eran espejos, lo que hacía que mi imagen se repitiera infinitamente, un eco de un eco de un eco de una figura desaliñada, vestida con unos jeans gastados, una camisa blanca algo arrugada y una campera verde oscuro que ha conocido mejores épocas. Pedí permiso al portero y subí al décimo sexto piso.
Al salir del ascensor me encontré que había gente esperando para ver el apartamento. Estábamos todos en el corredor. Había pequeños grupos de dos o tres personas, parecía que era el único que fue solo. Qué ganas de fumar. Me quedé parado esperando mi turno.
Pasaron varios grupitos, y no salían con caras de conformidad. Estaba entrando el que parecía ser el último grupo antes que yo, tres amigas, pero una de ellas se quedó esperando afuera. Parece que no las estaba acompañando. Era una morocha alta, de pelo lacio que le llegaba a la mitad de la espalda. Vestía un buzo verde dos talles más grandes que ella. Todo en ella gritaba estudiante de humanidades.
Se dio vuelta y me miró fugazmente, como si fuera un mueble más del pasillo, y vi sus ojos verdes, que brillaban incluso en aquella habitación sumida en la penumbra. Volvió a mirar hacia la puerta. Me pareció ver una media sonrisa en su rostro antes de que se diera vuelta, pero seguro que estaba delirando. Yo, no ella.
Al rato salieron las dos amigas y apareció el vendedor en la puerta. Vestía un traje negro hecho a medida, tenía los lentes calzados en el pelo y una sonrisa muy impersonal. Debía tener unos pocos años más que yo, pero parecía un “miembro productivo de la sociedad”, algo de lo que yo huía con una convicción algo enfermiza. Nos preguntó si no nos molestaba pasar juntos ya que tenía que estar en otro lado en poco tiempo. La morocha, sin mirarme, asintió, y entramos.
Dimos cuatro pasos y ya estábamos en el centro del apartamento. El vendedor hablaba y gesticulaba con las manos, intentaba establecer contacto visual y utilizaba palabras que pensaba que podían resonar con nosotros, dos jóvenes descontracturados. Todo un profesional. No le presté demasiada atención, preferí distraerme mirando el apartamento: era decididamente pequeño, pero tenía un buen ventanal, por el que seguramente entraba luz de mañana, con la cama de dos plazas quedaría poco espacio para caminar, pero podía poner solo el colchón. Entraría una biblioteca, el equipo de música y la tele, y poco más. La cocina tenía una mesada y dos sillas altas al mejor estilo de un bar. El baño quedaba al fondo. El vendedor terminó de hablar y mantuvo su sonrisa lo más que pudo, pero como ni la morocha ni yo preguntamos nada, pronto volvió su cara a un rostro verdadero.
Salimos y nos tomamos el ascensor. No hablábamos, hasta que no pude aguantar el silencio.
-¿Qué te pareció el apartamento? -le pregunté a la morocha. Ésta se dio vuelta, esbozó una media sonrisa, y me dijo:
-Chico.
-¿Demasiado chico?
-Demasiado chico.
-A mi me pareció acogedor, una pequeña cueva -dije levantando los hombros. La morocha no agregó nada.
Al salir, nos dimos cuenta de que íbamos para el mismo lado. Prendí un cigarro y caminé a su lado. No pareció molestarle la compañía. Me pidió una pitada. Caminamos en silencio un par de cuadras, compartiendo cigarros.
La invité a tomar un café, y volvió la misma sonrisa de antes.
-¿No te acuerdas de mí?
La pregunta me sorprendió. La miré con más detenimiento, pero su rostro no me sonaba familiar. Negué con la cabeza.
-¿Así que tan grande era la borrachera? -Me miraba divertida por mi desconcierto.- Nos conocimos el sábado. En el boliche. Me dijiste varias cosas, ninguna poco obscena.
-Ah...mirá. Digamos que estaba un poco pasado de copas. Supongo que las obscenidades no te molestaron tanto, ya que sigues acá.
-No esperaba verte de vuelta. Es raro verte tan serio, parecías muy suelto en el baile.
-Eso es por el alcohol, esconde muchas cosas. Decime, ¿qué tan patéticos fueron mis intentos?
-Bastante -dijo, y una risa iluminó su rostro.
-Supongo que a pesar de eso nos podemos tomar un café.
-Es posible -dijo. Se arrimó al cordón y paró un taxi.
-Fue interesante hablar contigo, desconocido. Nos vemos.
Estaba por entrar al taxi cuando reaccioné, le pregunté el nombre y el teléfono. Se subió al taxi y cerró la puerta. Empañó el vidrio y escribió FIO, y el taxi arrancó.
Todavía algo sorprendido, miré al taxi perderse en el tránsito. Me di cuenta que me había pasado varias cuadras de la parada de ómnibus. Empecé a desandar mis pasos, con el nombre rondando en mi mente.
26 octubre 2009
#Artículos






