Tercera parte de esta historia. Las primeras partes no son necesarias para entender lo que pasa, pero sos bienvenido a leerlas: toda la historia.
Ese fin de semana Martino no llamó. Pasé por la cueva el domingo de tarde pero no encontré a nadie. No atendía el celular, y en su casa su madre no sabía nada. Ni le interesaba demasiado. Terminé de juntar todo. La casa estaba desarmada, los muebles que iba a vender estaban apilados en el comedor. Todavía tendría que vivir allí un tiempo, pero quería estar listo para marcharme cuanto antes.
El lunes me desperté bañado en un sudor fino, incómodo, que me obligó a levantarme y bañarme. Acto seguido, salí al balcón y prendí un cigarro. Vi las sombras del lado opuesto al de siempre: desde que había dejado de trabajar, jamás me había levantado antes de mediodía. Ver esa mitad del día que jamás aprovechaba me hizo sentir vivo. Estiré mis brazos y me sonó toda la espalda. Me mareé ligeramente y vi estrellas danzar por mis ojos. Me sostuve de la baranda y esperé que mi cuerpo se recuperara con lentitud.
Esa tarde mandé un mensaje de texto a todos avisando que me mudaba. Recorrer la lista de teléfonos del celular fue como ver fragmentos de vidas que había vivido, personas que había sido, intereses que había tenido. No me reconocí en muchos viejos amigos o viejas amantes. Algunos nombres ni siquiera los podía asociar a un rostro. Sentí que todas esas personas para las que había sido alguien no me reconocerían ahora. Hay partes de uno mismo que no salen a luz hasta que se está completamente solo.
De tarde, mientras leía con pocas ganas un viejo libro de Neuman, recibí un mensaje:
Vicko: cómo andas? Me sorprendió tu mensaje. Qué es de tu vida?
Me quedé mirando el mensaje. Lo leí unas tres veces antes de siquiera pensar en responderlo. Vicko era un nombre que no llegaba a mis pensamientos hace tiempo.
Yo: bien, solo, por mudarme, aunque eso ya lo sabes.
Vicko: paso por ahí.
El “paso por ahí” me descolocó. Miré alrededor. Recibir una visita hacía que tuviera que mirar el apartamento con ojos ajenos. Solo ahí me di cuenta de que estaba rodeado de un desorden descomunal. Automáticamente abandoné el libro que leía y me puse a ordenar. Apilé las cajas de la mudanza. Saqué todos los papeles sueltos, facturas viejas y lapiceras gastadas de la mesa del comedor y los tiré a la basura. Barrí el piso y removí una cantidad importante de polvo y colillas. Amontoné las botellas vacías y las guardé en el placard. Juntas formaban un monstruo de vidrio mucho más grande que el que me había imaginado tener. Mi hueco patrimonio. Cuando terminé, me bañé de vuelta. Pensé en afeitarme, pero al final desistí.
Vicko era una amiga de una amiga. La conocí en la época en que todavía era estudiante. Piernas largas, cuerpo esbelto, pelo rojizo y desaliñado que parecía una llama ardiendo. Usaba siempre ropas de colores chillones, que hacían que se la notara a las dos cuadras. Hablaba con soltura y discutía sobre cualquier tema. Era, en resumen, una fuerza de la naturaleza. Y uno, a los veinte y poco, quiere estar con una fuerza de la naturaleza a su lado.
Nunca salimos solos, pero siempre que ella salía con mi amiga yo me aseguraba de ir. Ella iba, hablaba mucho, tomaba poco, y bailaba menos. Su tema de conversación preferido era sobre cómo el rock estaba muerto, a lo que yo respondía con nombres de bandas en ese momento actuales que conservaban la rebeldía. Eso es rebeldía envasada, decía ella. Es del único tipo que queda, respondía yo. Como yo tampoco bailaba, nos solíamos acodar en la barra y emborracharnos casi hasta la inconsciencia. Después nos arrastraban hasta nuestras respectivas casas.
Las cosas nunca habían sido claras: me contaba de los tipos con los que salía, pero al mismo tiempo me dejaba claro que no tenía nada serio con nadie; aparecía con “amigos”, pero se pasaba la noche mirándome como una leona mirando a su próxima presa.
La última noche que nos vimos estábamos, como siempre, bastante borrachos, y al final de una risa la miré a los ojos como ella ya me había mirado antes, y nos quedamos serios, en silencio, hasta que me acerqué y le di un beso. Un beso que respondió. Nos reímos bastante, nos besamos bastante, y ella se fue sola. Me dijo que no la acompañara. Me pidió mi número y desapareció.
Esperé su llamada toda la semana. La semana se convirtió en un mes. El mes se convirtió en meses. A los cuatro meses me llamó. Me preguntó que era de mi vida. Me contó algo de la suya. Prometió darse una vuelta por casa. Una salida que nos debíamos. Nunca apareció. Yo ya estaba saliendo con Mariana, por lo que le di poca importancia al tema. Pero no le dije a Mariana de Vicko, ni a Vicko de Mariana.
A las siete y poco sonó el timbre. Atendí. Mientras ella subía, me alisé la ropa con las manos. Estaba algo nervioso.
Tocaron la puerta. Atendí.
-¡Hola! -dijo Vicko, como sorprendida de verme. Habían pasado tres años desde la última vez que nos habíamos visto, pero estaba igual.
-Hola...pasa, ¿cómo estás? -le dije.
-Bien, como siempre -respondió. Pasó y se sentó en el sillón. Me miró como esperando que soltara la puerta y me sentara al lado de ella. Eso hice.
-Estás viejo, che, te recordaba más joven. La barba te sienta muy mal.
-Y vos seguís siendo la misma desfachatada de siempre.- Sonrió. Yo también reí. Con cuatro frases acortamos la distancia que el tiempo había impuesto.
-¿Algo para tomar? -pregunté.
-¿Seguís siendo fan del ron?
-...no, lo abandoné hace tiempo, pero creo que me queda un poco.
-Ron entonces.
Fui a la cocina. Serví dos vasos con lo que quedaba de la botella. La miré: se estaba descalzando, poniéndose cómoda. No entendía muy bien qué hacía en mi casa. No quise entender. Prendí un cigarro y fui al comedor. Le di el vaso.
-¿Trabajas? -pregunté.
-Trabajo en una agencia de recursos humanos. Nada complicado ni muy gratificante, pero me da para vivir sola. ¿Y vos?
-Hace un mes que dejé el trabajo. No he buscado otro por ahora.
-¿Tomándote vacaciones?
-Algo parecido.
Seguimos hablando hasta que se hizo de noche. Hablamos de menudencias, cosas de rutina, pero los temas de conversación se fueron haciendo cada vez más escasos, hasta que enmudecimos. En silencio nos miramos un rato. Las palabras intentaban salir, pero no podían. Me tomé el fondo de ron que quedaba en el vaso. Hora de hablar de las cosas importantes.
-¿Por qué nunca apareciste? -Dije de forma algo torpe.
-Digamos que era un momento complicado en mi vida. No podía ni quería estar en una relación, y vos no pareces el tipo de persona que puede tener algo menos que una relación.
-Te sorprendería lo que he evolucionado, entonces.
-Ja, los hombres no evolucionan, se adaptan a su entorno nomás. -dijo, y se rió.- Y decime, ¿cómo van las cosas con Mariana?
-¿Cómo sabes de Mariana?
-Una mujer tiene sus recursos -dijo. Prendió un cigarro. Se paró y salió al balcón. La seguí. La noche estaba fría, pero ella parecía no darse cuenta. Prendí un cigarro yo también.
-Las cosas con Mariana ya no van. Se fue hace unos meses. Por eso me mudo.
-¿Porque no puedes pagar un apartamento tan grande solo o porque no aguantas vivir donde viviste con ella?
-Un poco de las dos cosas, supongo, ¿me vas a decir por qué era un momento complicado en tu vida?
-¿Vos querés contarme por qué dejaste con Mariana?
-La verdad que no tengo ganas -le dije.
-Yo tampoco estoy de humor para esas conversaciones.
-¿”Esas” conversaciones?
-Si, esas largas y serias donde uno se saca el corazón y queda completamente expuesto ante el otro. No es lo mío ser vulnerable.
-Me acuerdo -dije, y prendí otro cigarro.
Nos quedamos mirando el vacío. Habíamos luchado contra el silencio por horas, ya no teníamos nada que decir, pero el silencio ya no era incómodo, era un compañero. Fumé en silencio, y la miraba de reojo mientras ella miraba hacia la calle. Cuando terminé el cigarro lo tiré hacia abajo. Era una luciérnaga en caída libre.
Entonces me besó. Instintivamente respondí al beso. Tenía el mismo sabor que antes. Nos besamos un largo rato, hasta que, decidido, la tomé de la mano y la llevé al cuarto. Ella se dejaba llevar, reía divertida.
Iba a prender la luz, pero me retiró la mano del interruptor. Me empujó para que cayera en la cama. Se empezó a desnudar. Puse un disco de Pink Floyd que guardaba para las noches de insomnio. Totalmente desnuda, me indicó que me sacara también la ropa. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, podía distinguir cada vez mejor a su cuerpo. “Sos hermosa”, le dije, y ella se rió. “Ahora vamos a tener sexo, ¿ok?” me dijo, y me montó.
Me quedé quieto mientras ella se contorneaba en un vaivén irrefrenable. La agarré de la cintura y me dejé guiar. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía otro cuerpo tan cerca del mío.
El juego siguió por un buen rato. El tiempo parecía perderse entre nuestros gemidos. No estoy seguro de cuando terminé, no sabía si habían pasado cinco minutos o una hora. Ella también terminó. Nos quedamos en silencio un rato, aprovechando esos segundos en los que la mente se desconecta del cuerpo y solo piensas en un ruido blanco. Duró poco: en seguida pensé en qué decirle.
-¿Te quieres quedar? -dije.
-No hagas preguntas a las que sabes la respuesta -dijo, y se retiró de mí. Empezó a vestirse. Hice lo mismo. La acompañé hasta abajo. Antes de irse, me dio un beso en la mejilla.
-No le des demasiada importancia, ¿ok? -me dijo.- Hasta luego Julián.
-Hasta luego -dije en un volumen apenas audible. Se fue caminando. Ni una sola vez miró hacia atrás.
Mientras subía en el ascensor pensé en lo que había dicho sobre cómo los hombres se adaptan. Qué más remedio, dije en voz alta para nadie. No quería racionalizar el tema, pero me estaba costando mucho mantener las preguntas lejos de mi mente.
Entré a mi apartamento y me tiré en la cama. No podía dormir: estaba completamente lúcido. Puse de vuelta el disco de Pink Floyd y cerré los ojos. Dejé que la música me llevara hasta cualquier parte, hasta que me dormí.



