08 noviembre 2009

Días violetas



“¡Qué lindos estos días violetas!” dijo ella, pero yo no la escuché o hice como que no la escuché. Mirábamos cómo se ponía el sol desde el balcón de una casa cualquiera. Yo pensaba que los días habían sido bastante naranjas, pero no dije nada, la que entiende de colores es ella.
Agarré un cigarro pero antes de prenderlo mis manos se pusieron de un gris muy fuerte, y tan tensas que no las podía mover. Después, la carne empezó a desvanecerse y pude ver tendones y huesos. Me asusté y tiré el cigarro lejos. Ella se rió, “te dije que tenías que dejarlos”, dijo, y me tomó las manos e hizo que volvieran a su color natural.
La vida con ella tenía esas cosas, esos momentos de desconcierto seguidos por un cariño que hacía que uno recordara -sin saber cómo- lo que era estar en el útero. Por supuesto que además del cariño, ella era la que causaba que viera esas cosas que se alejan del espectro de lo que debería ver. Ella es el consuelo pero también la amenaza, el calor pero también el témpano.
El sol dolía en los ojos, pero provocaba un escozor en la piel que compensaba todo. Una fina capa de sudor pegaba mi camisa a mi cuerpo. Cerré los ojos y pude ver un centro rojo rodeado de pequeños soles blancos, amarillos y azules, que me seguían a donde quiera que moviera los ojos. Sonreí, me sentí en paz, y me puse nervioso, todo al mismo tiempo.
Ella ronroneó y se paró de su silla. Sentí sus pasos que se perdieron en el interior de la casa y, segundos después, volvieron y se detuvieron al lado mío.
Sentí el peso de la venda sobre mis ojos. No los abrí. “Deja que las cosas sean”, me dijo, y le hice caso. Apenas tocándome con sus yemas rosadas, me acomodó en la silla, se acomodó ella arriba mío, y se quedó muy quieta.
Por unos instantes, todo fue silencio. Su cuerpo ahora tapaba el sol y sentí frío, pero eso duró poco, porque enseguida empecé a sentir calor, un calor que venía del centro de mi pecho y se iba expandiendo viscosamente al resto de mi cuerpo hasta dominarlo todo.
Agarró mis manos y las colocó en su cintura. Pude sentir la suavidad y firmeza de su piel, pude sentir su temperatura que escondía cualquier rastro de frío. Entonces empezó a moverse lenta, sinuosamente, en un movimiento pendular que me liberaba y me hacía sentir cada vez más ligero, cada vez más etéreo. Mis manos marcaban el pulso de ese momento, y podía ver, aún sin ver, las curvas que su vientre hacían y dejaban flotando en el aire, curvas que uno quisiera guardar y no perder nunca.
Empecé a sentir más y más calor. Sudaba. Ella también. Pero era algo agradable. Después, los movimientos se hicieron más bruscos, más rápidos, hasta que cesaron. Los colores que antes había visto se fundieron en negro. Ella se rió. Yo no pensaba en nada, solo me dejaba llevar. No me sacó la venda, me dejó perdido en un limbo del que tampoco quería salir.
Cuando la venda finalmente cayó de mis ojos, la pude ver concentrada mirando al horizonte, con las piernas estiradas. Se la veía en paz. Busqué el sol con la mirada pero ya no estaba, solo quedaban las estrellas como agujeros en una gran capa que nos protegía quién sabe de qué. La noche no era oscura, sino más bien clara, con un toque de azul. Era una noche violeta.
Y ahí entendí.
Qué lindos estos días violetas.

07 noviembre 2009

Sin título/2






Era jueves de tarde. Estaba sentado en el balcón fumando un cigarro cuando sonó el teléfono.

-¿Qué haces vieja? -el grito de Martino me hizo apartar el teléfono unos centímetros de la oreja.
-Nada...pensando.
-¿En qué?
-Nada en particular. -respondí desganado.
-Estar solo en tu casa no te hace bien. Tengo algo que mostrarte, paso a las nueve por tu casa.

Y antes que pudiera contestarle algo, me cortó.
Martino tiene la costumbre de andar en cosas raras, uno nunca sabe con qué puede salir. La última vez que tuvo que “mostrarme algo” terminamos viendo una lucha en el barro entre dos tipas. Por alguna razón, eso le parecía gracioso. No excitante, no estimulante, simplemente gracioso. A mí ni me fue ni me vino, fue el mismo fin de semana que Mariana se fue, un fin de semana desconcertante.
Me preparé un café, dos tostadas, y un whisky, y me senté de vuelta en el balcón. El café y las tostadas se fueron rápido, pero el whisky quedó esperándome un largo rato. Martino tenía razón, pasar tanto tiempo solo me iba a hacer mal, pero qué más remedio. Cuando me di cuenta de que iba a empezar a pensar en aquello en que no quería pensar, bebí el primer trago de whisky. Ya estaba tibio, y casi podía sentir cómo la garganta se resentía por el paso del alcohol. Esa era la idea.
Ya era de noche cuando el timbre me despertó. Todavía estaba sentado en el balcón. Me dolía todo el cuerpo. Al pararme me mareé un poco. Estoy quedando viejo. No llegué a la puerta cuando ya tenía a Martino al lado mío.

-Te van a robar un día de estos, es muy fácil entrar a tu casa, cualquier vecino te abre y tú nunca cierras la puerta.
-Derepente estoy esperando a alguien, inconscientemente, ¿no? -Martino no me contestó, simplemente miraba hacia abajo. Me conocía lo suficiente como para no seguirme en esos juegos mentales.
-¿Vamos?
-¿A dónde? -pregunté. No obtuve respuesta. Me paré, me puse la campera, y salimos.

Después de caminar unas quince cuadras, Martino me indicó una casa vieja. Tenía un patio adelante lleno de un pasto tan alto que parecían raíces de algo subterráneo. No estaba iluminada por fuera ni por dentro. Abandonada.
-Bienvenido a la cueva -dijo Martino.
-¿De qué estás hablando?
-Entremos -dijo, y acto seguido abrió la reja que separaba a la casa de la calle.

Al principio quedé inmóvil, pero después decidí seguirlo. Llegó a la puerta y sacó un manojo de llaves. Destrancó la puerta y la empujó. La puerta crujió, como desperezándose de una larga siesta. No podía ver nada, solo seguía la voz de Martino que decía “por acá, por acá”. Llegamos a una habitación grande. Martino estiró su mano y cinchó una cuerda que hizo que una pequeña bombita diera una luz apagada. Empecé a recorrer el lugar con la vista: las paredes estaban despintadas y tenían un color amarillento como el de hojas de libros viejos. Había una ventana que daba a lo que parecía ser un patio trasero, donde apenas distinguía las hojas de árboles enormes. Había, también, una vieja tele blanco y negro que reconocí enseguida: la tenía Martino en su cuarto; un sofá viejo y hundido al medio, y discos desparramados alrededor de un equipo de música.

-Un amigo que trabaja en una inmobiliaria -empezó a decir Martino- me comentó que había una casa que, por líos familiares o algo así, no podían alquilar nunca, y entonces decidí venir a verla. Después me dije “¿por qué no aprovecharla?” y me fui trayendo cosas de casa. Es cómodo, hay luz acá y en el baño, y nadie se ha quejado por los ruidos...por ahora.
Me quedé mirándolo. No sabía que decirle.
-Y bueno -siguió hablando- vengo acá a descargarme cada tanto, ¿qué te parece?
Seguía mirándolo sin poder decir nada.
-Es...interesante -dije.


Me senté en el sillón. Martino corrió una sábana gigante que escondía debajo una heladera pequeña. Sacó hielo y lo sirvió en dos vasos, a los que agregó whisky en abundancia. Salud, me dijo, mientras me alcanzaba un vaso. Lo agarré. Puso música, The Yardbirds creo, y se sentó al lado mío. El sillón estaba mirando a la tele, pero estaba apagada. Estábamos, básicamente, mirando hacia la nada.
Le conté a Martino sobre la morocha que había conocido. Me escuchó sin decir nada, hasta que paré de hablar. Cuando terminé, me dijo “cogétela”, y empezó a reírse. Yo también me reí. No había ninguna razón para no hacerlo. Estábamos borrachos.




El viernes desperté de tarde. Había un poco de resaca flotando en mi cabeza, nada fuera de lo normal. Me levanté y fui al baño. Tropecé con un par de botellas vacías. Tenía que ordenar el cuarto.
Fui a la cocina y preparé arroz. Le puse un huevo frito encima y, como toque de gracia, entreveré un par de fetas de panceta ahumada. Menú de soltero. Aguantate, le dije a mi hígado. Me puse los lentes de sol y salí a la terraza con el plato de comida y una botella de cerveza.
Cuando ya estaba en el cigarro de después de comer, sonó el teléfono. Atendí.

-Hola, le hablo de la inmobiliaria Minras, queríamos saber si sigue interesado en el apartamento que vio el lunes. -Era la voz muy impersonal de una chica que debía de soñar con trabajar de locutora.
Lo pensé. La ratonera había causado una impresión bastante buena en mí. Su precio aún más.
-Si, estoy interesado -dije, y carraspeé, ya que apenas me salieron las palabras. Las primeras palabras del día siempre parecen venir de otra parte.
-Entonces, ¿quisiera ocuparlo el mes que viene?
-Si, me sirve -obviamente era el único al que le había gustado el apartamento.
-Excelente, venga a firmar el contrato y le entregamos las llaves.
Colgué el teléfono.


Esa tarde llamé a una casa de remates y les dije que tenía unas cuantas cosas que vender. En la semana pasarían a buscarlos. Les dije que cuanto antes mejor. Quería irme de aquella casa cuanto antes.
El resto de la tarde me la pasé sacando las viejas cajas de la mudanza anterior, armándolas, y llenándolas con ropas, libros y discos. Las cajas tenían escrito lo que antes habían guardado. La letra era de Mariana. Me sorprendió verla. Había empezado a olvidarme de esa caligrafía.
Nos habíamos mudado a este apartamento hace dos años, un día de abril en que hizo mucho calor. Estábamos felices como dos niños chicos, nos parecía que nos íbamos a comer el mundo, que todo iba a ser fácil. La ignorancia es una bendición. Dos años después estaba yo solo, guardando solo lo esencial, y el resto se iba a remate. Empezó a llover débilmente. Malditas metáforas. Me pasé la manga del buzo por los ojos.




05 noviembre 2009

Sin título/1


Me desperté. Por la ventana vi el sol brillando con rabia. Intenté mover la cabeza pero el mareo me hizo arrepentirme. Cerré los ojos, respiré el aire viciado de la habitación. No me ayudó. Me levanté para ir al baño y choqué contra dos o tres botellas de whisky vacías. Tenía que ordenar un poco el cuarto.

En el comedor, me encontré con Martino durmiendo boca arriba tirado en el piso. En la tele pasaban un reality donde un tipo decidía, entre cinco tipas buenísimas, con cuál salir. Eso es mostrar la realidad, pensé, y seguí hacia la cocina a tomar un café.

Después del café, pateé gentilmente a Martino en la panza.

-¿... qué carajo? -dijo con voz muy adormilada.

-Dale gordo, levantate.

-Estoy en tu casa, ¿qué hago en tu casa? -se levantó despacio. Le sonaron cuatro vertrebras cuando terminó de pararse.

-Si no sabes tú. Debemos haber terminado la noche acá, pero no recuerdo mucho más después de las tres de la mañana.

-Yo menos, pero bueno, ¿tienes comida?

-Puede haber pizza vieja en el horno -respondí poco convencido.

Fue a la cocina y miró lo que quedaba. Era poco. Me lo mostró. Le dije que no quería, aunque tenía hambre, y no lo pensó dos veces. Los sacrificios que uno hace por los amigos. Fui al balcón y prendí un cigarro. El cielo estaba despejado, de un celeste furioso. La calle estaba quieta, no andaban muchos autos, y en la vereda solo estaba el viejo del quinto paseando su perro. Siempre lo pasea a las tres, así que debían ser las tres. Martino se acercó y me pidió un cigarro. Le di el que estaba fumando y saqué otro para mí.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -me preguntó Martino.

-¿Qué voy a hacer con qué?

-Mariana no va a volver, y te quedaste sin trabajo hace una semana. Yo diría que algo vas a tener que hacer.

-Si, ya se, pero me parece que por ahora no.

-¿Por ahora no qué? -me preguntó extrañado.

-No sé...siento que hay algo equivocado, algo evasivo que tengo que agarrar con las dos manos y matarlo para poder seguir con mi vida.

-Estás diciendo estupideces.

-Puede ser -dije poco convencido. Era difícil tener una conversación seria con tremenda resaca.

Martino se fue al poco rato. Yo me quedé fumando en el balcón, mirando cómo las sombras de los árboles iban alargándose a medida que el sol se ponía, mirando a la gente pasar en familia o solos, rápido o lento, pero hacia otra parte. Pensé en salir corriendo a la calle y seguirlos, ver a dónde se dirigía esa corriente interminable de vidas, pero me di cuenta que estaba desvariando demasiado. Fui al cuarto y me tiré en la cama. Los resortes crujieron en una queja sorda. Me dormí inmediatamente.



El lunes de tarde tenía que ir a ver otro apartamento. El que tenía ahora era demasiado caro y demasiado grande para mi solo, tenía que volver a una ratonera como las que viví cuando era estudiante.

El edificio quedaba en el centro, zona en la que prometí nunca más volver porque me robaron tantas veces que ya era casi lo mismo que vivir en una comuna, pero no quedaba más remedio, desempleado las opciones eran pocas, y con un apartamento más pequeño iba a poder tirar unos meses sin preocuparme demasiado. Por alguna razón, no me sentía preparado para trabajar, y no era por vago, era por algo que intentaba explicarme sin suerte.

La entrada del edificio no tenía nada en particular, una puerta de vidrio grande con letras doradas que decían el nombre del mismo, aunque faltaban al menos dos letras. Al entrar me topé con el portero sentado detrás de un escritorio demasiado pequeño para su tamaño. La habitación estaba iluminada por una sola bombita de luz, y las paredes eran espejos, lo que hacía que mi imagen se repitiera infinitamente, un eco de un eco de un eco de una figura desaliñada, vestida con unos jeans gastados, una camisa blanca algo arrugada y una campera verde oscuro que ha conocido mejores épocas. Pedí permiso al portero y subí al décimo sexto piso.

Al salir del ascensor me encontré que había gente esperando para ver el apartamento. Estábamos todos en el corredor. Había pequeños grupos de dos o tres personas, parecía que era el único que fue solo. Qué ganas de fumar. Me quedé parado esperando mi turno.

Pasaron varios grupitos, y no salían con caras de conformidad. Estaba entrando el que parecía ser el último grupo antes que yo, tres amigas, pero una de ellas se quedó esperando afuera. Parece que no las estaba acompañando. Era una morocha alta, de pelo lacio que le llegaba a la mitad de la espalda. Vestía un buzo verde dos talles más grandes que ella. Todo en ella gritaba estudiante de humanidades.

Se dio vuelta y me miró fugazmente, como si fuera un mueble más del pasillo, y vi sus ojos verdes, que brillaban incluso en aquella habitación sumida en la penumbra. Volvió a mirar hacia la puerta. Me pareció ver una media sonrisa en su rostro antes de que se diera vuelta, pero seguro que estaba delirando. Yo, no ella.

Al rato salieron las dos amigas y apareció el vendedor en la puerta. Vestía un traje negro hecho a medida, tenía los lentes calzados en el pelo y una sonrisa muy impersonal. Debía tener unos pocos años más que yo, pero parecía un “miembro productivo de la sociedad”, algo de lo que yo huía con una convicción algo enfermiza. Nos preguntó si no nos molestaba pasar juntos ya que tenía que estar en otro lado en poco tiempo. La morocha, sin mirarme, asintió, y entramos.

Dimos cuatro pasos y ya estábamos en el centro del apartamento. El vendedor hablaba y gesticulaba con las manos, intentaba establecer contacto visual y utilizaba palabras que pensaba que podían resonar con nosotros, dos jóvenes descontracturados. Todo un profesional. No le presté demasiada atención, preferí distraerme mirando el apartamento: era decididamente pequeño, pero tenía un buen ventanal, por el que seguramente entraba luz de mañana, con la cama de dos plazas quedaría poco espacio para caminar, pero podía poner solo el colchón. Entraría una biblioteca, el equipo de música y la tele, y poco más. La cocina tenía una mesada y dos sillas altas al mejor estilo de un bar. El baño quedaba al fondo. El vendedor terminó de hablar y mantuvo su sonrisa lo más que pudo, pero como ni la morocha ni yo preguntamos nada, pronto volvió su cara a un rostro verdadero.

Salimos y nos tomamos el ascensor. No hablábamos, hasta que no pude aguantar el silencio.

-¿Qué te pareció el apartamento? -le pregunté a la morocha. Ésta se dio vuelta, esbozó una media sonrisa, y me dijo:

-Chico.

-¿Demasiado chico?

-Demasiado chico.

-A mi me pareció acogedor, una pequeña cueva -dije levantando los hombros. La morocha no agregó nada.

Al salir, nos dimos cuenta de que íbamos para el mismo lado. Prendí un cigarro y caminé a su lado. No pareció molestarle la compañía. Me pidió una pitada. Caminamos en silencio un par de cuadras, compartiendo cigarros.

La invité a tomar un café, y volvió la misma sonrisa de antes.

-¿No te acuerdas de mí?

La pregunta me sorprendió. La miré con más detenimiento, pero su rostro no me sonaba familiar. Negué con la cabeza.

-¿Así que tan grande era la borrachera? -Me miraba divertida por mi desconcierto.- Nos conocimos el sábado. En el boliche. Me dijiste varias cosas, ninguna poco obscena.

-Ah...mirá. Digamos que estaba un poco pasado de copas. Supongo que las obscenidades no te molestaron tanto, ya que sigues acá.

-No esperaba verte de vuelta. Es raro verte tan serio, parecías muy suelto en el baile.

-Eso es por el alcohol, esconde muchas cosas. Decime, ¿qué tan patéticos fueron mis intentos?

-Bastante -dijo, y una risa iluminó su rostro.

-Supongo que a pesar de eso nos podemos tomar un café.

-Es posible -dijo. Se arrimó al cordón y paró un taxi.

-Fue interesante hablar contigo, desconocido. Nos vemos.

Estaba por entrar al taxi cuando reaccioné, le pregunté el nombre y el teléfono. Se subió al taxi y cerró la puerta. Empañó el vidrio y escribió FIO, y el taxi arrancó.

Todavía algo sorprendido, miré al taxi perderse en el tránsito. Me di cuenta que me había pasado varias cuadras de la parada de ómnibus. Empecé a desandar mis pasos, con el nombre rondando en mi mente.



26 octubre 2009

#Artículos



Aquí se reúnen los posts que han explorado con mayor profundidad ciertos temas particulares. Están ordenados por orden de aparición.

Acerca de la porosidad de ciertas fronteras


Nos creemos únicos, y los medios explotan esa búsqueda de la invidualidad. Pero al mismo tiempo, nos consideramos parte de una comunidad, encontramos cosas en común con todos.
Entre estas dos visiones de nosotros mismos vivimos, pero ¿qué tan particulares somos? y ¿qué tanto estamos dispuestos a ser considerados iguales a los demás? Link

Cómo ser normal en el siglo XXI

Las drogas para aumentar nuestra atención, los antidepresivos, y la relación que tenemos con ellas, en esta vida cada vez más empastillada. Link



Esta moderna soledad

Estos dos posts se dedican a analizar las relaciones que formamos a través de los nuevos medios: las redes sociales, los blogs, el chat. Cómo son las relaciones que formamos, y qué nuevas barreras se abren.
  • Parte 1: quiénes somos en la red, y cómo nos entendemos, o cómo nos desentendemos.
  • Parte 2: la comunicación por estos medios, y como cambia las relaciones que tenemos.


Desmenuzando lo que me rodea


Esta serie de posts es un análisis de los objetos de entretenimiento que nos rodean todos los días: la tele, la radio, los libros. Analizan el valor que les damos y cómo influyen en las comunidades que formamos.