El frío era casi tan fuerte como el viento, que parecía querer llevarse todo con una convicción digna de un niño malcriado. Por eso no tantos estaban parados en la puerta del velatorio, fumando cabizbajos, cumpliendo con su cuota de dolor y sobriedad (reales o fingidas) que siempre parecen aumentar en estas situaciones.
Horacio ya estaba en su segundo cigarro. Simplemente, no quería volver a entrar a ese lugar lleno de falsas emociones y amistades fingidas, donde todo parecía una competencia ridícula donde lo que se buscaba era saber quién lloraba más, y por ende, quién quería más al difunto, quien notaría más su ausencia, su partida de este mundo. El quería a la Baba, siempre fue (secretamente) su abuela preferida, pero este circo montado ya empezaba a enfermarlo.
La única persona de las veinte o treinta que habían allí que estaba igual de ánimo que él era el comisario, pero por distintas razones. No había conocido tanto a la difunta, pero había ido igual, quizás porque veía alguna oportunidad con Sara, la hermana de Horacio, que se había mostrado más que receptiva a los brazos del comisario. Las relaciones surgen desde la desesperación, pensó Horacio. Era una de las frases que había adoptado, y en la que creía cada vez más.
El comisario se le acercó, y bajó y subió la cabeza levemente, a forma de saludo; Horacio asintió y siguió fumando, absorto, mirando la nada. El comisario apoyó la espalda en la pared, quedando sus hombros casi tocándose. La pared de la funeraria apenas daba para los fumadores que no querían alejarse mucho de la protección de su superficie y darse de frente con el frío viento.
-Y si…-dijo el comisario, como esperando que Horacio empezara la conversación. No lo hizo.
-Fría la noche de octubre –dijo por decir el comisario.
-Adecuada –dijo Horacio.
-No lo veo tan afectado como el resto de la familia.
-Yo a mi abuela la conocí en vida, y en vida la honré, no voy a llorar lágrimas vacías solo por estar en un velorio.
-Un poco fría su postura –dijo sin daño el comisario.
-Si…-dijo Horacio, con un tono que dejaba claro que el tema quedaba terminado, mientras empezaba a caer una garuga fría, que fue moviendo a los fumadores hacia adentro.
Se produjo un silencio, aparentemente incómodo, que duró un cigarrillo más. Ninguno de los dos quería volver al velatorio, y aunque no compartieran mucho más que ese sentimiento, ya les bastaba para hacerse compañía. El comisario miró a Horacio, sin saber si debía saber lo que iba a decir, hasta que lo dijo:
-Muerte rara, ¿no?. Perdóneme si le molesta el tema, pero necesitaba hablarlo con uno de ustedes.
Horacio solo lo miró y esperó que siguiera.
-El muchacho que la encontró dijo que estaba dura como una tabla, sentada en el borde de su cama, con un reloj de bolsillo antiguo entre sus manos. Estuvieron mucho rato para poder sacárselo.
-Mire usted, nunca la vi con un reloj a mi abuela.
-Mire, yo tengo acá el reloj –y lo sacó del bolsillo derecho de su uniforme-, no se lo he dado a nadie porque todos parecían muy conmocionados (y con todos podía estar hablando sólo de Sara, este milico infeliz). Se lo doy a usted, ¿eh?.
El reloj era pesado, con agujas doradas y números en relieve de plata. No decía de qué marca era por ningún lado, y sólo se leía atrás la inscripción: “VIII : XXV”. Parecía de buena calidad. Horacio se preguntó porqué el milico no se lo quedó , pero no buscó una respuesta.
-Yo que usted lo guardaría y me olvidaría de él por un tiempo. Estaba en las manos de su abuela al morir, si lo usa quizás el duelo le sea mucho más largo.
-Veré que hago –dijo Horacio, y el comisario se fue para adentro como los demás, para que la lluvia no terminara de mojarlo. Horacio se quedó mirando el reloj con una mirada hipnotizada, mientras terminaba el cigarro y se mojaba lentamente. Después, entró, a sufrir un poco más en ese show de lamentos.
-Pocas veces había visto uno parecido –le dijo el relojero, después de examinarlo un rato, haciéndolo danzar entre sus manos, como pesándolo. Horacio no dijo nada, permanecía inmutable ante las palabras, como adormilado bajo mil mantas.
-Son invaluables, por lo raros que son. Dicen que fueron hechos por un loco en Inglaterra, que hizo nada más que treinta y después se perdió tanto en su locura que no pudo seguir haciendo nada con sus manos. Me doy cuenta que es un reloj de esos porque ve que el segundo palo del XII está un poco inclinado hacia la derecha, ¿lo ve? –Horacio lo notó, era una inclinación que solo la encontraría quien supiera qué buscaba-. Le recomiendo guardarlo y venderlo cuando se vea necesitado de dinero. No lo use, es muy delicado. Las historias dicen que nunca se vio a un dueño de estos relojes usarlo.
-No creo que lo venda, si es por dinero, siempre ando necesitado de dinero, Horacio dijo mientras hacía una media sonrisa irónica formada en su boca.
-Como quiera –le dijo el relojero, como ofendido porque entendía que Horacio no se había tomado el asunto con seriedad.
-Gracias –dijo Horacio, haciendo caso omiso de la cara del relojero.
Le dio unos pesos y se fue. Durante todo el día no hizo más que pensar en el reloj, en como se sentía su peso en el bolsillo derecho mientras trabajaba, mientras caminaba, mientras comía. Y cuando se acostumbraba a su sensación y dejaba de sentirlo, lo movía un poco para sentirlo de vuelta. Ocasionalmente lo sacaba del bolsillo para observarlo un rato. No sabía qué hacer con él, pero le parecía una pena simplemente guardarlo, dejarlo en el olvido, hasta que él fuera demasiado viejo o estuviera demasiado senil –o simplemente más estúpido- y por eso no le fuera de ningún uso.
Estaba decidido, mañana lo pondría en marcha, le ajustaría la hora y lo usaría. Demasiado tiempo había aguantado no hacer lo que se le antojara, acatando sumiso órdenes encubiertas en recomendaciones.
Continúa dentro de poco.

7 Tienen la palabra:
bueno, estoy desde ayer, pero hoy me puse las pilas y lo leí.
No emito comentarios hasta el final.
Yo lo voy a leer seguro pero más adelante cuando mi mente pase la gripe y pueda razonar mejor, jeje.
No me gusta leer las cosas por arriba nomás, si alguien se tomó el tiempo para escribirlo y colgarlo me parece que me tengo que tomar el tiempo necesario para leerlo como corresponde ;-D
(Igual cuando lo lea me guardo los comentarios igual que Mathías :P)
Saludos.
Gracias por leer y comentar...
Si, las palabras salen y ya... Asi, solas, como polvo.
Saludos.
Chicosoquete: un lector es más o menos todo lo que esperaba tener, y todo lo que necesitaba tener. Gracias por estar.
Alexis: que te mejores de la gripe, yo acabo de salir de una y no quedé muy bien parado, espero que te vaya mejor que a mí.
Atrapante!
Ya leo la segunda parte.
(la palabra frío tiene mal puesta la tilde)
Si anduviste recorriendo blogs sabés por qué estoy acá... Por mierda que sea, sabés que ultimamente me estoy dedicando un poco más a leer, por más que no sea en las patéticas ocho horas al pedo que tengo en el trabajo.
No tengo la más pálida idea de si ya escribiste una continuación, cosa que veré ahora. Pero el diario del Capitán dice que por ahora la historia le gusta.
Nos vemos mañana.
Y? me cope con el cuento...seguilo cuanto antes..saludos
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