
¿Se acuerdan de la intimidad? Hasta hace unos pocos años, digamos, diez, era algo que no tenía ningún valor para nadie más que para uno mismo, ahora la intimidad es un bien más, como tantos otros, al que podemos acceder fácilmente. En algunos casos, ciertas personas han conseguido volverse conocidos por mostrar su intimidad.
No me refiero a cualquier intimidad: no me refiero a la intimidad de las “estrellas”, esas personas públicas (actores, políticos) lo han sido desde hace mucho tiempo, sometidos al escrutinio público en todo lo que hacen. Y no me refiero tampoco a la intimidad artifical de un reality show, donde se juntan a unas personas desconocidas en situaciones extraordinarias (ya sea ir a una jungla a “sobrevivir” o ir a una casa y permanecer encerrado en ella tres meses). Me refiero a una nueva intimidad que puede ser explotada: la intimidad de las personas comunes, la tuya, la mía.
Con la proliferación de los blogs, flogs y otras páginas personales, cada vez más lo que uno hace está expuesto a lo que los demás opinen, conociéndonos o no. Los flogs son en su mayoría espacios donde se muestran las fotos del usuario, y no fotos de, digamos, cosas que les interesan. También hay muchos blogs, no me animo a decir la mayoría, que se dedican a documentar la vida de alguien, un diario abierto.
En ellos, las personas exponen su día a día, y también exponen las cosas que les gustan: los discos que escuchamos, los libros que leemos, los instrumentos que tocamos (si tocamos alguno), nuestras ideas sobre los temas más punzantes, ideas que muchas veces ni siquiera nuestros padres y amigos saben que tenemos. A veces escondidos en el anonimato, a veces no.
¿Por qué nuestra intimidad está ahora por todas partes?
Por un lado, nos han vendido la idea de que somos lo que escuchamos, de que somos lo que tenemos, que todas las cosas que tenemos nos diferencian del resto. Ver a los objetos como una manifestación de lo que somos es una idea muy redituable cuando se está del otro lado del mostrador, porque implica que nos pueden vender algo y hacernos creer que por eso somos únicos, que somos diferentes*, cuando en verdad no estamos ni cerca de eso: tomar Coca Cola no dice nada de nosotros, escuchar discos que se venden por millones alrededor del mundo tampoco. Nuestras ideas, nuestra forma de ser, hablan más de nosotros de lo que cualquier objeto podrá hablar. Pero claro, nadie puede vendernos nuestra forma de ser.
Por otro lado, hay una necesidad de conectar con los demás. La vida en las ciudades, paradójicamente, encierra mucho más de lo que expande nuestro círculo de amigos, nos cuesta más conocer a gente, el concepto de “amigo” ha ido cambiando y se ha hecho más laxo con el paso del tiempo, porque no podemos conectar tan profundamente con las personas, muchas veces porque estamos demasiado enfrascados en nosotros**.
Entonces, de algún modo, la ciudad agobia, y nos sentimos más solos cuanto más rodeados, y como ya no creemos en los métodos tradicionales de conectar con las personas, optamos por otros (¿conocer a mi futura novia en un baile? ¿Estás loco? ¡Entro a Facebook a conocer minas!).
Y en estos medios, cuanto más mostramos mejor. No podemos crear un personaje, no podemos ser misteriosos, tenemos que ser nosotros. Podríamos ser un personaje, pero los personajes carecen de profundidad, y eso nos hace poco interesantes. Curiosamente, en la vida real sí podemos ser más un personaje: podemos mostrarnos más serios o más divertidos según la persona que nos rodee. En la web hay cierta unidimensionalidad: si sos serio llamará mucho la atención que un día no lo estés.***
También, de esta realidad agobiante, surge cierta necesidad de cierto reconocimiento: no queremos que la ciudad nos homogenice, que nos haga uno más. Por eso es que decimos a los cuatro vientos qué nos gusta y qué no, por eso es que los autos andan con las radios a todo volumen, para que todo el mundo se entere de qué escuchamos. Queremos ser diferentes en algo, mantenernos diferentes.
Antes, salíamos de nuestras casas para socializar, y dejábamos adentro nuestra intimidad. Ahora, salimos y somos herméticos al mundo, y mostramos nuestra intimidad desde la computadora que tenemos en casa.
No me refiero a cualquier intimidad: no me refiero a la intimidad de las “estrellas”, esas personas públicas (actores, políticos) lo han sido desde hace mucho tiempo, sometidos al escrutinio público en todo lo que hacen. Y no me refiero tampoco a la intimidad artifical de un reality show, donde se juntan a unas personas desconocidas en situaciones extraordinarias (ya sea ir a una jungla a “sobrevivir” o ir a una casa y permanecer encerrado en ella tres meses). Me refiero a una nueva intimidad que puede ser explotada: la intimidad de las personas comunes, la tuya, la mía.
Con la proliferación de los blogs, flogs y otras páginas personales, cada vez más lo que uno hace está expuesto a lo que los demás opinen, conociéndonos o no. Los flogs son en su mayoría espacios donde se muestran las fotos del usuario, y no fotos de, digamos, cosas que les interesan. También hay muchos blogs, no me animo a decir la mayoría, que se dedican a documentar la vida de alguien, un diario abierto.
En ellos, las personas exponen su día a día, y también exponen las cosas que les gustan: los discos que escuchamos, los libros que leemos, los instrumentos que tocamos (si tocamos alguno), nuestras ideas sobre los temas más punzantes, ideas que muchas veces ni siquiera nuestros padres y amigos saben que tenemos. A veces escondidos en el anonimato, a veces no.
¿Por qué nuestra intimidad está ahora por todas partes?
Por un lado, nos han vendido la idea de que somos lo que escuchamos, de que somos lo que tenemos, que todas las cosas que tenemos nos diferencian del resto. Ver a los objetos como una manifestación de lo que somos es una idea muy redituable cuando se está del otro lado del mostrador, porque implica que nos pueden vender algo y hacernos creer que por eso somos únicos, que somos diferentes*, cuando en verdad no estamos ni cerca de eso: tomar Coca Cola no dice nada de nosotros, escuchar discos que se venden por millones alrededor del mundo tampoco. Nuestras ideas, nuestra forma de ser, hablan más de nosotros de lo que cualquier objeto podrá hablar. Pero claro, nadie puede vendernos nuestra forma de ser.
Por otro lado, hay una necesidad de conectar con los demás. La vida en las ciudades, paradójicamente, encierra mucho más de lo que expande nuestro círculo de amigos, nos cuesta más conocer a gente, el concepto de “amigo” ha ido cambiando y se ha hecho más laxo con el paso del tiempo, porque no podemos conectar tan profundamente con las personas, muchas veces porque estamos demasiado enfrascados en nosotros**.
Entonces, de algún modo, la ciudad agobia, y nos sentimos más solos cuanto más rodeados, y como ya no creemos en los métodos tradicionales de conectar con las personas, optamos por otros (¿conocer a mi futura novia en un baile? ¿Estás loco? ¡Entro a Facebook a conocer minas!).
Y en estos medios, cuanto más mostramos mejor. No podemos crear un personaje, no podemos ser misteriosos, tenemos que ser nosotros. Podríamos ser un personaje, pero los personajes carecen de profundidad, y eso nos hace poco interesantes. Curiosamente, en la vida real sí podemos ser más un personaje: podemos mostrarnos más serios o más divertidos según la persona que nos rodee. En la web hay cierta unidimensionalidad: si sos serio llamará mucho la atención que un día no lo estés.***
También, de esta realidad agobiante, surge cierta necesidad de cierto reconocimiento: no queremos que la ciudad nos homogenice, que nos haga uno más. Por eso es que decimos a los cuatro vientos qué nos gusta y qué no, por eso es que los autos andan con las radios a todo volumen, para que todo el mundo se entere de qué escuchamos. Queremos ser diferentes en algo, mantenernos diferentes.
Antes, salíamos de nuestras casas para socializar, y dejábamos adentro nuestra intimidad. Ahora, salimos y somos herméticos al mundo, y mostramos nuestra intimidad desde la computadora que tenemos en casa.
Y a nadie le llama la atención.
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Dosis extra: Sobre el lenguaje.Transmutación dijo:
Emmm, yo voy a quebrar una lanza por el muestrario de intimidad en la web, para decir que la gente escribe y lee más gracias a ésto.
Creo que de no ser por los fotologs, mi prima no hubiera tocado jamás una lapicera (o un teclado, para el caso concreto), y por más horrendo que sea lo que escribe, por lo menos ejercita en algo mínimo el marote.
Antes que vea Tinelli, prefiero que escriba FFeame.
Por otra parte, decir que antes se sociabilizaba más cae en la falacia de decir que todo tiempo anterior es mejor. Cambiar de cara según la persona del momento existe y existió toda la vida, hasta creo que antes se era más hipócrita que ahora, por lo menos ahora la gente es abúlica.
Apoyo las nuevas plataformas de escritura, porque de alguna manera, por más que sea revelando una intimidad que antes permanecía taimada, la gente pasa por ese proceso de pienso y estructura del pensamiento que de otra forma quedaba relegado a la superficialidad de la charla cotidiana pero sin sentido.
Sip, estoy contestataria, juasssss.
Mmm...me parece que la gente no escribe y lee más por leer la intimidad de alguien más en la red, me parece que internet sí ha estimulado que se lea más, y eso es bueno, porque solo leyendo seguido es que vamos "acostumbrando" al cerebro a pensamientos más complejos y ricos.
Pero al mismo tiempo, hay que tener mucho cuidado con cómo se escribe: es un tema que da para mucho, pero está comprobado que el lenguaje que hablamos moldea la forma en que pensamos, y no me parece que sea mala cosa escribir bien.
Si nos acostumbramos a escribir con abreviaturas bastante rebuscadas, al modelo mensaje de texto, y hablamos con demasiados anglicismos (FFeame), estamos perdiendo el lenguaje que tenemos, y el idioma español es uno de los más ricos que existen, mucho más rico que el inglés, del que conocemos muy poco. En países de Centroamérica hablan un español con un mayor vocabulario que acá, porque acá nos acostumbramos a utilizar palabras en inglés (incluso en ámbitos académicos) o inventamos palabras.
El tema es que si desde una temprana edad aprendemos que escribir así está bien, que es correcto, vamos perdiendo riqueza en el lenguaje, y vamos perdiendo también riqueza intelectual, porque no podemos seguir líneas de razonamiento más complejas: estamos acostumbrados a leer cosas cortas y directas, que no profundizan mucho, cualquier cosa mayor a dos páginas y salimos corriendo.
No creo que todo tiempo pasado sea mejor, ni mucho menos, no me considero un conservador, sino todo lo contrario, creo que el diccionario es el cementerio como decía Cortazar, pero no podemos relegar y aceptar que se descuartize al lenguaje, tenemos que enriquecerlo, no empobrecerlo.
Un artículo muy interesante sobre el tema, y que te recomiendo mucho, es "Is google making us stoopid?". No he podido encontrar una traducción.
Pero al mismo tiempo, hay que tener mucho cuidado con cómo se escribe: es un tema que da para mucho, pero está comprobado que el lenguaje que hablamos moldea la forma en que pensamos, y no me parece que sea mala cosa escribir bien.
Si nos acostumbramos a escribir con abreviaturas bastante rebuscadas, al modelo mensaje de texto, y hablamos con demasiados anglicismos (FFeame), estamos perdiendo el lenguaje que tenemos, y el idioma español es uno de los más ricos que existen, mucho más rico que el inglés, del que conocemos muy poco. En países de Centroamérica hablan un español con un mayor vocabulario que acá, porque acá nos acostumbramos a utilizar palabras en inglés (incluso en ámbitos académicos) o inventamos palabras.
El tema es que si desde una temprana edad aprendemos que escribir así está bien, que es correcto, vamos perdiendo riqueza en el lenguaje, y vamos perdiendo también riqueza intelectual, porque no podemos seguir líneas de razonamiento más complejas: estamos acostumbrados a leer cosas cortas y directas, que no profundizan mucho, cualquier cosa mayor a dos páginas y salimos corriendo.
No creo que todo tiempo pasado sea mejor, ni mucho menos, no me considero un conservador, sino todo lo contrario, creo que el diccionario es el cementerio como decía Cortazar, pero no podemos relegar y aceptar que se descuartize al lenguaje, tenemos que enriquecerlo, no empobrecerlo.
Un artículo muy interesante sobre el tema, y que te recomiendo mucho, es "Is google making us stoopid?". No he podido encontrar una traducción.
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*Un post sobre cómo el marketing le pone precio a las cosas: La falacia de lo excepcional.
**Está mucho mejor explicado en otro post: Esta moderna soledad, parte 2
***También, mejor explicado en Esta moderna soledad, parte 1



