23 diciembre 2008

Ups...



Como hoy tengo el último parcial (si, tengo un parcial el 23 de diciembre a las seis de la tarde) no he podido escribir nada. Ya tengo los últimos dos posts pensados, por lo que al que no le gusta la sopa, el miércoles que viene se encuentra con dos platos.

Y aprovecho la ocasión para desearles que pasen bien mañana con sus seres queridos, sean estos familiares o amigos. Yo parto hoy para mi casa, creo que vamos a ser mis padres, mi hermano y yo, así que no va a ser precisamente una "fiesta", pero cualquier oportunidad para poner a mi padre en la parrilla hay que aprovecharla.

Saludos!

17 diciembre 2008

Hay una bestia en mi mente

Tengo una bestia instalada en el cerebro. No es real, o mejor dicho: no es tangible. Pero está ahí. Y no sé si es una bestia, pero es una...cosa, un ser.

Está instalada ahí hace tiempo, hace años, trabajando sutilmente, cada vez con más eficacia cuanto más pasa el tiempo. Puedo detectarla, puedo darme cuenta de cuando actúo bajo su influencia, pero no hago nada para detenerlo, y creo que en el fondo directamente no puedo detenerla. No sé.

Estoy seguro que tienes un bicho similar instalado en tu cerebro.


Este bichito, cuando tengo que estudiar, me hace creer que cualquier otra cosa que pudiera estar haciendo es infinitamente más divertida. Es una tortura continua. Yo suelo leer, pero nunca es tan entretenido leer como cuando no debería estar haciéndolo.

Incluso hago cosas que no haría normalmente. Por ejemplo, mirar tele de tarde, hacer zapping y que eso me parezca entretenido. Nunca lo es, por supuesto, y si me cuelgo con alguna película, no la miro tanto porque me guste, sino porque la alternativa me interesa aún menos.

Por supuesto, la bestia no es completamente indomable, siempre puede encarcelarla y dejarla encerrada, aunque sea por un rato, para hacer lo que se debe hacer. Se alimenta y sacía su sed, pero al poco rato tendrá hambre de vuelta, en poco rato me arrastrará de estos libros por otro rato.

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Addendum:

En este momento, todo es absurdamente pequeño. No es importante pensar en qué nos llevó a esto, ni es importante pensar en las consecuencias. Bastó un cruce de miradas, un mutuo entendimiento que no necesita palabras. Estamos haciendo una locura, algo que nos costará caro, muy caro. Pero, pensándolo bien, somos nosotros los que tenemos más para perder.

Pero lo hicimos, porque el impulso del corazón a veces es más fuerte que el impulso de la razón. Y nos perdimos, nos regocijamos en lo que seguimos haciendo. ¿Seguiremos haciéndolo?.

Al principio, sentimos culpa, que golpeaba como una punzada en el estómago, una punzada por la falta de prudencia, de orden, por la violación de éste, pero luego nos pareció natural, uno de esos placeres culposos por los que es mejor no sentir culpa, pero ahora no importa.

Porque ahora, todo está por acabar, y aceptamos sin dudar que es verdad que nada importa, por lo menos por un instante mágico, nada importa. En fin…

Valió la pena dejar de estudiar para mirar la tele.


Post 6 de 8 de la serie: Mundos paralelos.

11 diciembre 2008

Acerca de la porosidad de ciertas fronteras

(Disclaimer: esto entra dentro de la categoría "Post Realmente Largo", leer a discreción)

1.
Las fronteras.

Los últimos posts han sido, de una u otra manera, dedicados a la ficción, lo cual tiene muchísimo sentido, si consideramos que estamos intentando hablar de “mundos paralelos”, pero ahora quería pasarme para el lado de la realidad, para ver si creamos diferentes realidades en nuestro día a día.


Hoy quería hablar de una dicotomía interesante: casi todos, sin excepción, creemos que cada persona es un mundo, es una historia diferente y una forma de vivir diferente, creemos que cada persona es en sí importante (puede ser que tengamos que creerlo para poder considerarnos importantes), y al mismo tiempo consideramos que tenemos un conjunto de experiencias comunes, de vivencias y de modos de ver la vida que no son tan disímiles. Que somos todos parecidos, ni mejores ni peores.
Estoy diciendo algo que seguramente parece una obviedad, pero, en verdad, ¿cuánto aceptamos esas dos cosas como verdaderas?
Porque como sociedad, como personas que tenemos que compartir un mismo espacio físico para desarrollarnos y vivir, no nos aceptamos como iguales: en la calle queda patente que parece que todo el mundo camina para cumplir con sus metas, y para lograr esas metas a veces se empujan unos a otros, no se dan espacio. Nos encerramos en nosotros mismos, y al mismo tiempo nos sentimos incomprendidos por el mundo.
Y por más que se pueda hablar de que no hay discriminación por razas (lo cual es dudoso), sí la hay por otras cosas más superficiales: los chetos hablan mal de los planchas, los de un cuadro de fútbol de los de otro, los tacheros de los que manejan ómnibus, y éstos de lo que andan en auto, los que andan en auto de los que andan en moto y en bicicleta, y todos ellos de los que andan caminando, el escalón más bajo de la jungla urbana.
Por más que no nos guste admitirlo, muchas veces nos creemos más inteligentes que los demás, o decimos que alguien es un imbécil por hacer (o no hacer) algo. Y no se trata de que nosotros no tengamos errores, o de que no los podamos reconocer, pero igual nos creemos inteligentes porque somos capaces de reconocer nuestros errores. Al reconocer nuestros errores, al poder reconocer que estamos haciendo que está mal, lo estamos aceptando ante nuestros ojos: siempre creemos que es válido lo que hacemos.
(Al margen: la idea de que siempre terminamos validando en nuestra mente lo que estamos haciendo me atrae mucho. Voy a dar un ejemplo, si quieres saltéatelo: hay veces que reconozco que estoy pechando a alguien por un lugar, o colándome en alguna fila realmente larga de gente que espera por algo, y si bien hay una parte de mi cerebro que me está diciendo “no, no lo hagas” o “sabés que está mal lo que estás haciendo”, hay otra que dice “a la mierda con todo” y da lugar para que lo siga haciendo, con un poco de remordimiento que en definitiva suele desaparecer bastante rápido. Y no le creo a nadie que me diga que nunca le pasó algo similar)

¿Y cómo se conecta lo que empecé diciendo sobre la intolerancia en la sociedad y ese proceso mental particular por el que validamos todo lo que hacemos? Es porque ese mecanismo para validar todo lo que hacemos es el que usamos para pasar por el día a día, de un modo más o menos inconsciente. Y no lo estoy diciendo para poner el grito en el cielo y decir “¡esto está mal!”, solamente quiero analizarlo, porque me interesa entender por qué lo hacemos.

Somos perfectamente conscientes de nuestra individualidad. Es más, muchas veces sufrimos por esa individualidad: nos gusta ser diferentes y al mismo tiempo nos hace sentirnos solitarios, incomprendidos. Al mismo tiempo que pasa eso, que podemos reconocer con facilidad nuestra individualidad, parecería que somos incapaces de hacer lo mismo con los demás.
Posiblemente el primer momento de nuestra vida en que reconocemos la individualidad de alguien más es el momento en que nuestros padres dejan de ser esos Dioses Imperturbables con la solución a todo para ir convirtiéndose ante nuestros ojos en seres humanos, con sentimientos y nociones propias sobre lo que es vivir, y con ideas sustancialmente diferentes de las nuestras, pero igual de válidas.
Nuestros padres deben ser las primeras personas con las que peleamos, chocamos, y también son las primeras a las que debemos reconocerles su inteligencia, y que a pesar de que piensan diferente que nosotros, son iguales que nosotros.
No creo que eso ocurra de igual manera con los compañeros de clase, y con los que terminan siendo nuestros amigos, porque en las clases siempre se terminan formando grupos, un “ellos contra nosotros” que hace que vos termines en un grupo o en otro, y te definas como parte de ese grupo por tener intereses afines. Con tus padres te tienes que llevar bien, por lo menos hasta cierto punto, pero en un salón de clases siempre hay cierta selección.
Posiblemente con el paso del tiempo terminemos teniendo amigos que tengan ideas diferentes que nosotros, muchas veces pasa que empiezas a notar que esos amigos que tienes hace cuatro o cinco años tienen ideas centrales sobre cómo vivir la vida que son esencialmente diferentes que las tuyas, pero que están igual de bien y son igual de válidas, y que no afectan tu relación con esa persona.

Lo que estoy intentando transmitir es la idea de que lo más complicado que podemos hacer en esta vida es aceptar a los demás como exactamente iguales que nosotros, aunque no compartamos la manera de pensar.
Y no estoy hablando de ninguna utopía socialista, estoy hablando de convivir. Sin dudas logramos aceptar a personas como iguales: lo logramos al tener amigos, lo logramos al tener pareja. Pero cuando estamos en la calle, en clases, en un bar, o en otro lugar donde nos enfrentamos con desconocidos, nos interesa muy poco entender a esas personas, somos todos demasiado cínicos y estamos demasiado apurados como para complicarnos con el desgaste mental de entender a otra persona en vez de combatir y rechazar.

2.
La porosidad.

Y ya se que si llegaste leyendo hasta acá, ya es un logro en sí mismo, pero aún con miedo de perderte te pido que te enfrentes por un momento al siguiente ejercicio mental.
Independientemente de si dijiste “este tipo tiene algo de razón” o dijiste “por Dios, que boludez todo esto”, independientemente de si te consideras tolerante o no, quiero que te enfrentes a estas tres palabras: Pare de sufrir.



Tu proceso mental debe haber sido muy parecido al mío, debe haber terminado en una mueca despectiva o algo parecido. Esos pastores con un acento vagamente brasileño que venden soluciones a todos los problemas amorosos, de amistad, financieros y cualquier otro imaginable solo con ir a su iglesia, y con productos que ya forman parte del imaginario popular como el manto de la descarga…
Ya sé, es un timo, una gran estafa, despluman a la gente que va allí. Pero las personas siguen yendo, llenen salas enormes de cine, con “funciones” de tarde y de noche, varias veces por día. Ahora, ¿vos crees que todos los que van allí son estúpidos? Podemos llegar a creernos más inteligentes porque no caemos en el juego que plantea esa institución para hacernos entrar, pero ¿somos más inteligentes?
Si vuelven un poco para atrás notarán que usé la palabra “vender” para describir lo que hacen esos pastores, y no fue algo casual: lo que están ofreciendo es un producto, que tiene una serie de dudosas ventajas (la creencia en algo superior, un estado mental más positivo hacia la vida, asumo) a un precio. Y ¿es ese pastor el único que te intenta vender algo que tiene la dudosa capacidad de hacerte feliz? Me parece que hoy en día hasta las propagandas de jabones y de pastas de dientes nos están vendiendo la idea de una mayor calidad de vida, de mayor confort, de una mejora sustancial de nuestro modo de vida. De un camino a la felicidad.
De lo que estos productos prometen muy poco se cumple, sabemos que nos dicen que son mejores de lo que realmente son, y que los que los fabrican no son precisamente santos, sino más bien que son multinacionales que emplean mano de obra barata pagando lo mínimo para que subsistan, pero igual los compramos.
Y no conozco a nadie que diga que por comprar esas cosas es un estúpido, o mejor dicho: que alguien diga que solamente por comprar esas cosas sea un estúpido. Puedo ser muy brillante o tener pocas luces muy a pesar de las cosas que tengo y hago.
Y lo mismo pasa con las personas que van a esas iglesias: habrá algunos que serán crédulos y que creerán en ese camino como el camino a la felicidad, y otros irán porque les trae cosas positivas para su vida. Hay personas sin trabajo y también hay personas con títulos profesionales, profesores y científicos y cualquier otro tipo de virtud o estudio que se les ocurra que tiene algo que ver con lo que te hace “exitoso” en esta sociedad. Y están ahí buscando algo que los complete, que los haga felices, aunque pueda sonar trillado. Habrá todo tipo de personas, y la mayoría serán exactamente igual que yo, ni mejores ni peores.

Puede ser que sea desgastante o simplemente imposible hacer un proceso mental similar cada vez que nos enfrentamos a un grupo de personas con creencias que no entendemos, pero eso no implica que no habría que hacerlo. La única pregunta que queda en pie al final de todo es: ¿vale la pena hacer ese proceso mental?
Cada uno sabrá su respuesta.


Post 5 de 8 de la serie: Mundos paralelos.

03 diciembre 2008

El valor de una buena historia

"Esta historia empieza hace unos quince años, cuando mi abuela me llamó y me pidió que le dijera cuáles eran mis tres colores favoritos. Yo, dudando, le dije que eran el azul, el verde y el blanco. Le pregunté por qué quería saber, me dijo "no, por nada" y me cortó el teléfono. Me quedé intrigado, y empecé a llamar a mis hermanos, para ver si les había preguntado lo mismo, y me dijeron que sí. Después, empezamos a llamar a familiares y conocidos hasta que nos enteramos que nuestra abuela había sido diagnosticada con cáncer de seno, y se había propuesto hacernos colchas de lana a cada uno, con nuestros tres colores favoritos.
Mi familia es enorme, es una familia que parece que nunca descubrió los anticonceptivos, y ella iba a coser por meses y meses y meses para hacer algo para que todos tuviéramos un recuerdo de ella.
Mi abuela estaba segura de que iba a morir, muy segura de que iba a morir, pero no murió. Y años después fue por casa, y al ver la colcha me dijo "¿todavía conservas ese vejestorio?"

Así que vivió por muchos años más, hasta que el año pasado murió. Se levantó una mañana con dolor de estómago. Era el día que se iba a mudar del campo a la ciudad, pero al final no se pudo mover de la cama, y tres días después, mientras yo estaba en Nueva York, entró en coma y se murió, de forma completamente inesperada. Toda mi familia tuvo que ir a la granja a empacar todas sus cosas, y por Dios, eran un montón de cosas, décadas enteras de cosas.
En mi familia, no vamos atrás de las cosas "valiosas", todas las cosas de oro y plata siempre van a una pila porque nadie las quiere. No, nosotros nos peleamos por un vaso de plástico medio mordido, con un dinosaurio dibujado al costado, porque ese vaso tiene una historia. Nos peleábamos por esas cosas que tenían algún recuerdo asociado.

En determinado momento, tuve que salir de la casa mientras mi familia guardaba cosas en cajas, y terminé en el galpón, y me encontré con la enorme cantidad de cajas que guardaba la abuela con cosas de navidad. Estamos hablando de cajas y cajas llenas de porquerías navideñas.
Y ahí estoy yo, en el medio del desierto, con 40 grados, empapado en sudor, en un galpón lleno de polvo, y me encuentro con una caja para la que no estaba preparado:
Cuando éramos muy chicos, en una familia intensamente católica, los mayores solían poner unas haditas de plástico, montones de ellas por toda la casa, y si esas haditas te podían ver, significaba que Santa Claus te podía ver. Y todos sabíamos que Santa Claus era amigo de Dios, así que si las haditas te podían ver, también Dios te podía ver. Las haditas estaban por toda la casa, y sin importar lo que hicieras y donde estuvieras, siempre habría una hadita ahí mirándote. Incluso en el baño... Y todos los días las cambiaban de lugar, así que no podías saber donde te las podías encontrar. Nosotros odiábamos esas haditas, eran como las espías enemigas de Dios.
Estaba en el galpón, muerto de calor, lleno de polvo, y abro esta caja y está llena de las malditas haditas. Y pensé "son mííías". Y son lo último que quería ver, y me pongo a llorar como un bebé.
Me doy cuenta de que las haditas son lo único que quiero. Hasta ese preciso momento no me había interesado nada, y no me podía ver volviendo a la casa a cuatro generaciones de mi familia y decirles entre sollozos "¿me...puedo...quedar...con...las...haditas?". No lo podía ver por dos cosas: en primer lugar porque hay algo de "dignidad negativa" en eso, y además porque se que esos bastardos no me dejarían quedarme con las haditas. Apenas las vieran, todos iban a querer quedarse con una, cada primo que tengo y cada sobrino que tengo me iba a decir "no, claro que no te puedes quedar solo vos con las haditas".
Así que empecé a meterlas en mi ropa. Años enteros de malicia adolescente vuelven a mí, y meto haditas en mis medias, me meto la camisa en el pantalón para poder tirarme haditas por el cuello de la camisa y caminar con ellas. Y salgo de ahí, sudando como loco, con la camisa metida, lleno de haditas, y me voy hacia mi camioneta. Me preguntan "¿cómo van las cosas Chuck?" y yo les digo "bien" y sigo caminando rápido hacia mi camioneta, y me subo y vuelco todas las haditas. Vuelvo a la casa, me recompongo y hago como si no hubiera pasado nada.


Mi familia se va para Portland después de eso. Esa noche me llama mi hermana Shirley y lo primero que me dice, en tono acusatorio, es "¿vos te llevaste las haditas?. Heidi y Dina (mis otras hermanas) han buscado por todas partes y no las pueden encontrar. ¿Vos tienes las haditas?" Y yo digo "eh...noooo"

Esto, me parece, demuestra cuánto nos aferramos a las historias. Sabemos que el dinero viene y se va, sabemos que las cosas que tenemos, en algún momento, se convierten en una carga con la que arrastramos, pero las historias son siempre algo invalorable, es algo que no nos cuesta llevar con nosotros y es algo que nos gusta compartir. Las haditas son pura historia, y mis abuelos en este momento son pura historia, porque seis meses después de que mi abuela murió, la siguió mi abuelo, y te das cuenta de que lo más importante en tu vida son las historias que tienes.
Cualquiera que se pueda tomar el tiempo (y el tiempo es en verdad lo más valioso que tenemos) para contar una historia, real o ficticia, está haciendo algo valorable, es algo que debo reconocer y que debo aplaudir, porque el mundo no te apoya en hacer eso, cuanto más viejo te pones más te das cuenta de que el mundo no te apoya en reflexionar y poder leer entre líneas, y de verdad debo aplaudirlos por reconocer el valor que tiene una buena historia.

Gracias. "

Chuck Palahniuk

Post 4 de 8 de la serie: Mundos paralelos