28 noviembre 2009

Bocado



Es ese mareo incómodo que uno siente durante todo el día sin importar hace cuanto se haya despertado.


Es esa lucha sin cuartel contra una gravedad que nos impide escaparnos de verdad.


Es ese ácido que respiramos todos los días al salir afuera que nos recuerda que estamos equivocados e incómodos en este mundo.


Eso es todo lo que desaparece cuando tus labios chocan con los míos.


16 noviembre 2009

Sin Título/3

Tercera parte de esta historia. Las primeras partes no son necesarias para entender lo que pasa, pero sos bienvenido a leerlas: toda la historia.







Ese fin de semana Martino no llamó. Pasé por la cueva el domingo de tarde pero no encontré a nadie. No atendía el celular, y en su casa su madre no sabía nada. Ni le interesaba demasiado. Terminé de juntar todo. La casa estaba desarmada, los muebles que iba a vender estaban apilados en el comedor. Todavía tendría que vivir allí un tiempo, pero quería estar listo para marcharme cuanto antes.
El lunes me desperté bañado en un sudor fino, incómodo, que me obligó a levantarme y bañarme. Acto seguido, salí al balcón y prendí un cigarro. Vi las sombras del lado opuesto al de siempre: desde que había dejado de trabajar, jamás me había levantado antes de mediodía. Ver esa mitad del día que jamás aprovechaba me hizo sentir vivo. Estiré mis brazos y me sonó toda la espalda. Me mareé ligeramente y vi estrellas danzar por mis ojos. Me sostuve de la baranda y esperé que mi cuerpo se recuperara con lentitud.


Esa tarde mandé un mensaje de texto a todos avisando que me mudaba. Recorrer la lista de teléfonos del celular fue como ver fragmentos de vidas que había vivido, personas que había sido, intereses que había tenido. No me reconocí en muchos viejos amigos o viejas amantes. Algunos nombres ni siquiera los podía asociar a un rostro. Sentí que todas esas personas para las que había sido alguien no me reconocerían ahora. Hay partes de uno mismo que no salen a luz hasta que se está completamente solo.


De tarde, mientras leía con pocas ganas un viejo libro de Neuman, recibí un mensaje:
Vicko: cómo andas? Me sorprendió tu mensaje. Qué es de tu vida?
Me quedé mirando el mensaje. Lo leí unas tres veces antes de siquiera pensar en responderlo. Vicko era un nombre que no llegaba a mis pensamientos hace tiempo.
Yo: bien, solo, por mudarme, aunque eso ya lo sabes.
Vicko: paso por ahí.


El “paso por ahí” me descolocó. Miré alrededor. Recibir una visita hacía que tuviera que mirar el apartamento con ojos ajenos. Solo ahí me di cuenta de que estaba rodeado de un desorden descomunal. Automáticamente abandoné el libro que leía y me puse a ordenar. Apilé las cajas de la mudanza. Saqué todos los papeles sueltos, facturas viejas y lapiceras gastadas de la mesa del comedor y los tiré a la basura. Barrí el piso y removí una cantidad importante de polvo y colillas. Amontoné las botellas vacías y las guardé en el placard. Juntas formaban un monstruo de vidrio mucho más grande que el que me había imaginado tener. Mi hueco patrimonio. Cuando terminé, me bañé de vuelta. Pensé en afeitarme, pero al final desistí.


Vicko era una amiga de una amiga. La conocí en la época en que todavía era estudiante. Piernas largas, cuerpo esbelto, pelo rojizo y desaliñado que parecía una llama ardiendo. Usaba siempre ropas de colores chillones, que hacían que se la notara a las dos cuadras. Hablaba con soltura y discutía sobre cualquier tema. Era, en resumen, una fuerza de la naturaleza. Y uno, a los veinte y poco, quiere estar con una fuerza de la naturaleza a su lado.
Nunca salimos solos, pero siempre que ella salía con mi amiga yo me aseguraba de ir. Ella iba, hablaba mucho, tomaba poco, y bailaba menos. Su tema de conversación preferido era sobre cómo el rock estaba muerto, a lo que yo respondía con nombres de bandas en ese momento actuales que conservaban la rebeldía. Eso es rebeldía envasada, decía ella. Es del único tipo que queda, respondía yo. Como yo tampoco bailaba, nos solíamos acodar en la barra y emborracharnos casi hasta la inconsciencia. Después nos arrastraban hasta nuestras respectivas casas.
Las cosas nunca habían sido claras: me contaba de los tipos con los que salía, pero al mismo tiempo me dejaba claro que no tenía nada serio con nadie; aparecía con “amigos”, pero se pasaba la noche mirándome como una leona mirando a su próxima presa.
La última noche que nos vimos estábamos, como siempre, bastante borrachos, y al final de una risa la miré a los ojos como ella ya me había mirado antes, y nos quedamos serios, en silencio, hasta que me acerqué y le di un beso. Un beso que respondió. Nos reímos bastante, nos besamos bastante, y ella se fue sola. Me dijo que no la acompañara. Me pidió mi número y desapareció.
Esperé su llamada toda la semana. La semana se convirtió en un mes. El mes se convirtió en meses. A los cuatro meses me llamó. Me preguntó que era de mi vida. Me contó algo de la suya. Prometió darse una vuelta por casa. Una salida que nos debíamos. Nunca apareció. Yo ya estaba saliendo con Mariana, por lo que le di poca importancia al tema. Pero no le dije a Mariana de Vicko, ni a Vicko de Mariana.


A las siete y poco sonó el timbre. Atendí. Mientras ella subía, me alisé la ropa con las manos. Estaba algo nervioso.
Tocaron la puerta. Atendí.


-¡Hola! -dijo Vicko, como sorprendida de verme. Habían pasado tres años desde la última vez que nos habíamos visto, pero estaba igual.
-Hola...pasa, ¿cómo estás? -le dije.
-Bien, como siempre -respondió. Pasó y se sentó en el sillón. Me miró como esperando que soltara la puerta y me sentara al lado de ella. Eso hice.
-Estás viejo, che, te recordaba más joven. La barba te sienta muy mal.
-Y vos seguís siendo la misma desfachatada de siempre.- Sonrió. Yo también reí. Con cuatro frases acortamos la distancia que el tiempo había impuesto.
-¿Algo para tomar? -pregunté.
-¿Seguís siendo fan del ron?
-...no, lo abandoné hace tiempo, pero creo que me queda un poco.
-Ron entonces.
Fui a la cocina. Serví dos vasos con lo que quedaba de la botella. La miré: se estaba descalzando, poniéndose cómoda. No entendía muy bien qué hacía en mi casa. No quise entender. Prendí un cigarro y fui al comedor. Le di el vaso.
-¿Trabajas? -pregunté.
-Trabajo en una agencia de recursos humanos. Nada complicado ni muy gratificante, pero me da para vivir sola. ¿Y vos?
-Hace un mes que dejé el trabajo. No he buscado otro por ahora.
-¿Tomándote vacaciones?
-Algo parecido.

Seguimos hablando hasta que se hizo de noche. Hablamos de menudencias, cosas de rutina, pero los temas de conversación se fueron haciendo cada vez más escasos, hasta que enmudecimos. En silencio nos miramos un rato. Las palabras intentaban salir, pero no podían. Me tomé el fondo de ron que quedaba en el vaso. Hora de hablar de las cosas importantes.


-¿Por qué nunca apareciste? -Dije de forma algo torpe.
-Digamos que era un momento complicado en mi vida. No podía ni quería estar en una relación, y vos no pareces el tipo de persona que puede tener algo menos que una relación.
-Te sorprendería lo que he evolucionado, entonces.
-Ja, los hombres no evolucionan, se adaptan a su entorno nomás. -dijo, y se rió.- Y decime, ¿cómo van las cosas con Mariana?
-¿Cómo sabes de Mariana?
-Una mujer tiene sus recursos -dijo. Prendió un cigarro. Se paró y salió al balcón. La seguí. La noche estaba fría, pero ella parecía no darse cuenta. Prendí un cigarro yo también.
-Las cosas con Mariana ya no van. Se fue hace unos meses. Por eso me mudo.
-¿Porque no puedes pagar un apartamento tan grande solo o porque no aguantas vivir donde viviste con ella?
-Un poco de las dos cosas, supongo, ¿me vas a decir por qué era un momento complicado en tu vida?
-¿Vos querés contarme por qué dejaste con Mariana?
-La verdad que no tengo ganas -le dije.
-Yo tampoco estoy de humor para esas conversaciones.
-¿”Esas” conversaciones?
-Si, esas largas y serias donde uno se saca el corazón y queda completamente expuesto ante el otro. No es lo mío ser vulnerable.
-Me acuerdo -dije, y prendí otro cigarro.


Nos quedamos mirando el vacío. Habíamos luchado contra el silencio por horas, ya no teníamos nada que decir, pero el silencio ya no era incómodo, era un compañero. Fumé en silencio, y la miraba de reojo mientras ella miraba hacia la calle. Cuando terminé el cigarro lo tiré hacia abajo. Era una luciérnaga en caída libre.
Entonces me besó. Instintivamente respondí al beso. Tenía el mismo sabor que antes. Nos besamos un largo rato, hasta que, decidido, la tomé de la mano y la llevé al cuarto. Ella se dejaba llevar, reía divertida.
Iba a prender la luz, pero me retiró la mano del interruptor. Me empujó para que cayera en la cama. Se empezó a desnudar. Puse un disco de Pink Floyd que guardaba para las noches de insomnio. Totalmente desnuda, me indicó que me sacara también la ropa. A medida que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, podía distinguir cada vez mejor a su cuerpo. “Sos hermosa”, le dije, y ella se rió. “Ahora vamos a tener sexo, ¿ok?” me dijo, y me montó.
Me quedé quieto mientras ella se contorneaba en un vaivén irrefrenable. La agarré de la cintura y me dejé guiar. Era la primera vez en mucho tiempo que sentía otro cuerpo tan cerca del mío.
El juego siguió por un buen rato. El tiempo parecía perderse entre nuestros gemidos. No estoy seguro de cuando terminé, no sabía si habían pasado cinco minutos o una hora. Ella también terminó. Nos quedamos en silencio un rato, aprovechando esos segundos en los que la mente se desconecta del cuerpo y solo piensas en un ruido blanco. Duró poco: en seguida pensé en qué decirle.


-¿Te quieres quedar? -dije.
-No hagas preguntas a las que sabes la respuesta -dijo, y se retiró de mí. Empezó a vestirse. Hice lo mismo. La acompañé hasta abajo. Antes de irse, me dio un beso en la mejilla.
-No le des demasiada importancia, ¿ok? -me dijo.- Hasta luego Julián.
-Hasta luego -dije en un volumen apenas audible. Se fue caminando. Ni una sola vez miró hacia atrás.


Mientras subía en el ascensor pensé en lo que había dicho sobre cómo los hombres se adaptan. Qué más remedio, dije en voz alta para nadie. No quería racionalizar el tema, pero me estaba costando mucho mantener las preguntas lejos de mi mente.
Entré a mi apartamento y me tiré en la cama. No podía dormir: estaba completamente lúcido. Puse de vuelta el disco de Pink Floyd y cerré los ojos. Dejé que la música me llevara hasta cualquier parte, hasta que me dormí.










14 noviembre 2009

Recomendados/1

Cada tanto, alguien escribe algo sorprendente. Puede ser un blog que visites seguido, o uno al que caigas de casualidad, y al leer ese post hay algo que resuena en tu mente, y casi sin darte cuenta el tiempo pasa y lo sigues recordando.
Acá inicio una recolección de posts que me han impactado, de alguna u otra manera.


Recomendados/1: 
“Jueves”, escrito por NachitoOx. (link)


Es un texto que empieza de un modo bastante mundano: un tipo saliendo de una librería, y sus pensamientos sobre lo que ve. Pero, en poco tiempo, nos estamos hundiendo más en la conciencia del personaje y deslizándonos de una realidad que no parece tal. En los tres últimos párrafos es donde el texto pasa de ser uno más a ser, casi sin quererlo, en una joyita.





“Para él, era una mañana como cualquier otra”

Cómo odiaba leer esa frase en cualquier lado, me recordaba a mis antiguos exámenes de inglés, cuando los profesores nos daban ideas para escribir historias. Claro, por eso son profesores y no escritores, pensé. Cerré el libro de un golpe, y salí de la librería, ya había visto suficiente, no era un libro lo que buscaba.

El centro estaba igual que cualquier otro jueves, no tenía el tumulto y la ansiedad de los lunes, ni la muerte lamentable de los fines de semana, un jueves se caracteriza por siempre ser neutral. No es un viernes, así que la gente no está apurada por ir rápido a su casa y descansar con su familia, es el único día cuando la gente siente que puede perder un par de minutos mirando vidrieras, cuando no le molesta perder un ómnibus en la tarde, cuando puede caer alguna gota y no va a ser motivo de ira. 

Claro, eso pasaba en mi cabeza, porque solamente yo debía sentirme así. Llevaba casi una semana de trabajo bastante pesado, y sabía que por más que faltara un día para mi merecido descanso, lo grueso ya había pasado, como todos los jueves.

Sumido en ese pensamiento, caminé las siguientes cuadras de la principal, y me pregunté por qué una vez que uno se habitúa a caminar por ciertas calles, deja de hacerlo por otras. Hacía meses ya que no sentía el contagio del stress de los que caminan apurados yendo a ningún lugar, los bocinazos constantes de la hora pico, las puteadas de los taxistas, y la cara de desasosiego de las vendedoras de las tiendas, acostumbradas ya a ver aquel desfile interminable de gente. Aquello que a uno le parece tan fascinante como ver una civilización totalmente desconocida, y ellas solamente lo miraban como si miraran una piedra, confundiéndose con maniquíes.

Volví en mí, como suele pasarme, luego de pensar tanto tiempo en nada, miro hacia atrás para confirmar que he pasado diez cuadras sumido en un pensamiento, e intento nuevamente programarme para mi función, mi libre albedrío podría llevarme a la Luna. Me volví consciente del calor que sentía, y por primera vez en el día pensé lo agradable que sería llegar a casa, intenté concentrarme y seguir mi camino, ya no faltaba mucho.

Entonces sentí un frío que me recorrió el cuerpo, desde la nuca y se extendió lentamente hacia la parte baja de mi espalda. Efectivamente, estaba lloviendo, miré hacia mi alrededor buscando marcas de gotas en el piso, pero claro, llevaba diez cuadras empapándome. Fue como abrir los ojos por primera vez, volví en mí, de nuevo. Comencé a caminar con más prisa, ya faltaba poco. Y fue ahora cuando sentí, una sensación similar a la anterior, pero esta vez caliente, un calor que me rodea la cara, más lento que el agua, más rojo que el vino, intento volver en mí, pero claro, mis diez cuadras fueron largas, una mezcla de sudor y transpiración me recorre la cara desde la sien hasta el mentón.

Me sigo confundiendo en el stress que se mueve por la principal, estoy cansado de caminar, si sigo siendo invisible hasta para mí mismo. Me sigo mojando, sigo sangrando, pero hace diez cuadras que peso menos, hace diez cuadras que no dejo huellas, por primera vez soy invisible de verdad.

08 noviembre 2009

Días violetas



“¡Qué lindos estos días violetas!” dijo ella, pero yo no la escuché o hice como que no la escuché. Mirábamos cómo se ponía el sol desde el balcón de una casa cualquiera. Yo pensaba que los días habían sido bastante naranjas, pero no dije nada, la que entiende de colores es ella.
Agarré un cigarro pero antes de prenderlo mis manos se pusieron de un gris muy fuerte, y tan tensas que no las podía mover. Después, la carne empezó a desvanecerse y pude ver tendones y huesos. Me asusté y tiré el cigarro lejos. Ella se rió, “te dije que tenías que dejarlos”, dijo, y me tomó las manos e hizo que volvieran a su color natural.
La vida con ella tenía esas cosas, esos momentos de desconcierto seguidos por un cariño que hacía que uno recordara -sin saber cómo- lo que era estar en el útero. Por supuesto que además del cariño, ella era la que causaba que viera esas cosas que se alejan del espectro de lo que debería ver. Ella es el consuelo pero también la amenaza, el calor pero también el témpano.
El sol dolía en los ojos, pero provocaba un escozor en la piel que compensaba todo. Una fina capa de sudor pegaba mi camisa a mi cuerpo. Cerré los ojos y pude ver un centro rojo rodeado de pequeños soles blancos, amarillos y azules, que me seguían a donde quiera que moviera los ojos. Sonreí, me sentí en paz, y me puse nervioso, todo al mismo tiempo.
Ella ronroneó y se paró de su silla. Sentí sus pasos que se perdieron en el interior de la casa y, segundos después, volvieron y se detuvieron al lado mío.
Sentí el peso de la venda sobre mis ojos. No los abrí. “Deja que las cosas sean”, me dijo, y le hice caso. Apenas tocándome con sus yemas rosadas, me acomodó en la silla, se acomodó ella arriba mío, y se quedó muy quieta.
Por unos instantes, todo fue silencio. Su cuerpo ahora tapaba el sol y sentí frío, pero eso duró poco, porque enseguida empecé a sentir calor, un calor que venía del centro de mi pecho y se iba expandiendo viscosamente al resto de mi cuerpo hasta dominarlo todo.
Agarró mis manos y las colocó en su cintura. Pude sentir la suavidad y firmeza de su piel, pude sentir su temperatura que escondía cualquier rastro de frío. Entonces empezó a moverse lenta, sinuosamente, en un movimiento pendular que me liberaba y me hacía sentir cada vez más ligero, cada vez más etéreo. Mis manos marcaban el pulso de ese momento, y podía ver, aún sin ver, las curvas que su vientre hacían y dejaban flotando en el aire, curvas que uno quisiera guardar y no perder nunca.
Empecé a sentir más y más calor. Sudaba. Ella también. Pero era algo agradable. Después, los movimientos se hicieron más bruscos, más rápidos, hasta que cesaron. Los colores que antes había visto se fundieron en negro. Ella se rió. Yo no pensaba en nada, solo me dejaba llevar. No me sacó la venda, me dejó perdido en un limbo del que tampoco quería salir.
Cuando la venda finalmente cayó de mis ojos, la pude ver concentrada mirando al horizonte, con las piernas estiradas. Se la veía en paz. Busqué el sol con la mirada pero ya no estaba, solo quedaban las estrellas como agujeros en una gran capa que nos protegía quién sabe de qué. La noche no era oscura, sino más bien clara, con un toque de azul. Era una noche violeta.
Y ahí entendí.
Qué lindos estos días violetas.





Para seguir leyendo:

07 noviembre 2009

Sin título/2






Era jueves de tarde. Estaba sentado en el balcón fumando un cigarro cuando sonó el teléfono.

-¿Qué haces vieja? -el grito de Martino me hizo apartar el teléfono unos centímetros de la oreja.
-Nada...pensando.
-¿En qué?
-Nada en particular. -respondí desganado.
-Estar solo en tu casa no te hace bien. Tengo algo que mostrarte, paso a las nueve por tu casa.

Y antes que pudiera contestarle algo, me cortó.
Martino tiene la costumbre de andar en cosas raras, uno nunca sabe con qué puede salir. La última vez que tuvo que “mostrarme algo” terminamos viendo una lucha en el barro entre dos tipas. Por alguna razón, eso le parecía gracioso. No excitante, no estimulante, simplemente gracioso. A mí ni me fue ni me vino, fue el mismo fin de semana que Mariana se fue, un fin de semana desconcertante.
Me preparé un café, dos tostadas, y un whisky, y me senté de vuelta en el balcón. El café y las tostadas se fueron rápido, pero el whisky quedó esperándome un largo rato. Martino tenía razón, pasar tanto tiempo solo me iba a hacer mal, pero qué más remedio. Cuando me di cuenta de que iba a empezar a pensar en aquello en que no quería pensar, bebí el primer trago de whisky. Ya estaba tibio, y casi podía sentir cómo la garganta se resentía por el paso del alcohol. Esa era la idea.
Ya era de noche cuando el timbre me despertó. Todavía estaba sentado en el balcón. Me dolía todo el cuerpo. Al pararme me mareé un poco. Estoy quedando viejo. No llegué a la puerta cuando ya tenía a Martino al lado mío.

-Te van a robar un día de estos, es muy fácil entrar a tu casa, cualquier vecino te abre y tú nunca cierras la puerta.
-Derepente estoy esperando a alguien, inconscientemente, ¿no? -Martino no me contestó, simplemente miraba hacia abajo. Me conocía lo suficiente como para no seguirme en esos juegos mentales.
-¿Vamos?
-¿A dónde? -pregunté. No obtuve respuesta. Me paré, me puse la campera, y salimos.

Después de caminar unas quince cuadras, Martino me indicó una casa vieja. Tenía un patio adelante lleno de un pasto tan alto que parecían raíces de algo subterráneo. No estaba iluminada por fuera ni por dentro. Abandonada.
-Bienvenido a la cueva -dijo Martino.
-¿De qué estás hablando?
-Entremos -dijo, y acto seguido abrió la reja que separaba a la casa de la calle.

Al principio quedé inmóvil, pero después decidí seguirlo. Llegó a la puerta y sacó un manojo de llaves. Destrancó la puerta y la empujó. La puerta crujió, como desperezándose de una larga siesta. No podía ver nada, solo seguía la voz de Martino que decía “por acá, por acá”. Llegamos a una habitación grande. Martino estiró su mano y cinchó una cuerda que hizo que una pequeña bombita diera una luz apagada. Empecé a recorrer el lugar con la vista: las paredes estaban despintadas y tenían un color amarillento como el de hojas de libros viejos. Había una ventana que daba a lo que parecía ser un patio trasero, donde apenas distinguía las hojas de árboles enormes. Había, también, una vieja tele blanco y negro que reconocí enseguida: la tenía Martino en su cuarto; un sofá viejo y hundido al medio, y discos desparramados alrededor de un equipo de música.

-Un amigo que trabaja en una inmobiliaria -empezó a decir Martino- me comentó que había una casa que, por líos familiares o algo así, no podían alquilar nunca, y entonces decidí venir a verla. Después me dije “¿por qué no aprovecharla?” y me fui trayendo cosas de casa. Es cómodo, hay luz acá y en el baño, y nadie se ha quejado por los ruidos...por ahora.
Me quedé mirándolo. No sabía que decirle.
-Y bueno -siguió hablando- vengo acá a descargarme cada tanto, ¿qué te parece?
Seguía mirándolo sin poder decir nada.
-Es...interesante -dije.


Me senté en el sillón. Martino corrió una sábana gigante que escondía debajo una heladera pequeña. Sacó hielo y lo sirvió en dos vasos, a los que agregó whisky en abundancia. Salud, me dijo, mientras me alcanzaba un vaso. Lo agarré. Puso música, The Yardbirds creo, y se sentó al lado mío. El sillón estaba mirando a la tele, pero estaba apagada. Estábamos, básicamente, mirando hacia la nada.
Le conté a Martino sobre la morocha que había conocido. Me escuchó sin decir nada, hasta que paré de hablar. Cuando terminé, me dijo “cogétela”, y empezó a reírse. Yo también me reí. No había ninguna razón para no hacerlo. Estábamos borrachos.




El viernes desperté de tarde. Había un poco de resaca flotando en mi cabeza, nada fuera de lo normal. Me levanté y fui al baño. Tropecé con un par de botellas vacías. Tenía que ordenar el cuarto.
Fui a la cocina y preparé arroz. Le puse un huevo frito encima y, como toque de gracia, entreveré un par de fetas de panceta ahumada. Menú de soltero. Aguantate, le dije a mi hígado. Me puse los lentes de sol y salí a la terraza con el plato de comida y una botella de cerveza.
Cuando ya estaba en el cigarro de después de comer, sonó el teléfono. Atendí.

-Hola, le hablo de la inmobiliaria Minras, queríamos saber si sigue interesado en el apartamento que vio el lunes. -Era la voz muy impersonal de una chica que debía de soñar con trabajar de locutora.
Lo pensé. La ratonera había causado una impresión bastante buena en mí. Su precio aún más.
-Si, estoy interesado -dije, y carraspeé, ya que apenas me salieron las palabras. Las primeras palabras del día siempre parecen venir de otra parte.
-Entonces, ¿quisiera ocuparlo el mes que viene?
-Si, me sirve -obviamente era el único al que le había gustado el apartamento.
-Excelente, venga a firmar el contrato y le entregamos las llaves.
Colgué el teléfono.


Esa tarde llamé a una casa de remates y les dije que tenía unas cuantas cosas que vender. En la semana pasarían a buscarlos. Les dije que cuanto antes mejor. Quería irme de aquella casa cuanto antes.
El resto de la tarde me la pasé sacando las viejas cajas de la mudanza anterior, armándolas, y llenándolas con ropas, libros y discos. Las cajas tenían escrito lo que antes habían guardado. La letra era de Mariana. Me sorprendió verla. Había empezado a olvidarme de esa caligrafía.
Nos habíamos mudado a este apartamento hace dos años, un día de abril en que hizo mucho calor. Estábamos felices como dos niños chicos, nos parecía que nos íbamos a comer el mundo, que todo iba a ser fácil. La ignorancia es una bendición. Dos años después estaba yo solo, guardando solo lo esencial, y el resto se iba a remate. Empezó a llover débilmente. Malditas metáforas. Me pasé la manga del buzo por los ojos.




05 noviembre 2009

Sin título/1


Me desperté. Por la ventana vi el sol brillando con rabia. Intenté mover la cabeza pero el mareo me hizo arrepentirme. Cerré los ojos, respiré el aire viciado de la habitación. No me ayudó. Me levanté para ir al baño y choqué contra dos o tres botellas de whisky vacías. Tenía que ordenar un poco el cuarto.

En el comedor, me encontré con Martino durmiendo boca arriba tirado en el piso. En la tele pasaban un reality donde un tipo decidía, entre cinco tipas buenísimas, con cuál salir. Eso es mostrar la realidad, pensé, y seguí hacia la cocina a tomar un café.

Después del café, pateé gentilmente a Martino en la panza.

-¿... qué carajo? -dijo con voz muy adormilada.

-Dale gordo, levantate.

-Estoy en tu casa, ¿qué hago en tu casa? -se levantó despacio. Le sonaron cuatro vertrebras cuando terminó de pararse.

-Si no sabes tú. Debemos haber terminado la noche acá, pero no recuerdo mucho más después de las tres de la mañana.

-Yo menos, pero bueno, ¿tienes comida?

-Puede haber pizza vieja en el horno -respondí poco convencido.

Fue a la cocina y miró lo que quedaba. Era poco. Me lo mostró. Le dije que no quería, aunque tenía hambre, y no lo pensó dos veces. Los sacrificios que uno hace por los amigos. Fui al balcón y prendí un cigarro. El cielo estaba despejado, de un celeste furioso. La calle estaba quieta, no andaban muchos autos, y en la vereda solo estaba el viejo del quinto paseando su perro. Siempre lo pasea a las tres, así que debían ser las tres. Martino se acercó y me pidió un cigarro. Le di el que estaba fumando y saqué otro para mí.

-¿Y ahora qué vas a hacer? -me preguntó Martino.

-¿Qué voy a hacer con qué?

-Mariana no va a volver, y te quedaste sin trabajo hace una semana. Yo diría que algo vas a tener que hacer.

-Si, ya se, pero me parece que por ahora no.

-¿Por ahora no qué? -me preguntó extrañado.

-No sé...siento que hay algo equivocado, algo evasivo que tengo que agarrar con las dos manos y matarlo para poder seguir con mi vida.

-Estás diciendo estupideces.

-Puede ser -dije poco convencido. Era difícil tener una conversación seria con tremenda resaca.

Martino se fue al poco rato. Yo me quedé fumando en el balcón, mirando cómo las sombras de los árboles iban alargándose a medida que el sol se ponía, mirando a la gente pasar en familia o solos, rápido o lento, pero hacia otra parte. Pensé en salir corriendo a la calle y seguirlos, ver a dónde se dirigía esa corriente interminable de vidas, pero me di cuenta que estaba desvariando demasiado. Fui al cuarto y me tiré en la cama. Los resortes crujieron en una queja sorda. Me dormí inmediatamente.



El lunes de tarde tenía que ir a ver otro apartamento. El que tenía ahora era demasiado caro y demasiado grande para mi solo, tenía que volver a una ratonera como las que viví cuando era estudiante.

El edificio quedaba en el centro, zona en la que prometí nunca más volver porque me robaron tantas veces que ya era casi lo mismo que vivir en una comuna, pero no quedaba más remedio, desempleado las opciones eran pocas, y con un apartamento más pequeño iba a poder tirar unos meses sin preocuparme demasiado. Por alguna razón, no me sentía preparado para trabajar, y no era por vago, era por algo que intentaba explicarme sin suerte.

La entrada del edificio no tenía nada en particular, una puerta de vidrio grande con letras doradas que decían el nombre del mismo, aunque faltaban al menos dos letras. Al entrar me topé con el portero sentado detrás de un escritorio demasiado pequeño para su tamaño. La habitación estaba iluminada por una sola bombita de luz, y las paredes eran espejos, lo que hacía que mi imagen se repitiera infinitamente, un eco de un eco de un eco de una figura desaliñada, vestida con unos jeans gastados, una camisa blanca algo arrugada y una campera verde oscuro que ha conocido mejores épocas. Pedí permiso al portero y subí al décimo sexto piso.

Al salir del ascensor me encontré que había gente esperando para ver el apartamento. Estábamos todos en el corredor. Había pequeños grupos de dos o tres personas, parecía que era el único que fue solo. Qué ganas de fumar. Me quedé parado esperando mi turno.

Pasaron varios grupitos, y no salían con caras de conformidad. Estaba entrando el que parecía ser el último grupo antes que yo, tres amigas, pero una de ellas se quedó esperando afuera. Parece que no las estaba acompañando. Era una morocha alta, de pelo lacio que le llegaba a la mitad de la espalda. Vestía un buzo verde dos talles más grandes que ella. Todo en ella gritaba estudiante de humanidades.

Se dio vuelta y me miró fugazmente, como si fuera un mueble más del pasillo, y vi sus ojos verdes, que brillaban incluso en aquella habitación sumida en la penumbra. Volvió a mirar hacia la puerta. Me pareció ver una media sonrisa en su rostro antes de que se diera vuelta, pero seguro que estaba delirando. Yo, no ella.

Al rato salieron las dos amigas y apareció el vendedor en la puerta. Vestía un traje negro hecho a medida, tenía los lentes calzados en el pelo y una sonrisa muy impersonal. Debía tener unos pocos años más que yo, pero parecía un “miembro productivo de la sociedad”, algo de lo que yo huía con una convicción algo enfermiza. Nos preguntó si no nos molestaba pasar juntos ya que tenía que estar en otro lado en poco tiempo. La morocha, sin mirarme, asintió, y entramos.

Dimos cuatro pasos y ya estábamos en el centro del apartamento. El vendedor hablaba y gesticulaba con las manos, intentaba establecer contacto visual y utilizaba palabras que pensaba que podían resonar con nosotros, dos jóvenes descontracturados. Todo un profesional. No le presté demasiada atención, preferí distraerme mirando el apartamento: era decididamente pequeño, pero tenía un buen ventanal, por el que seguramente entraba luz de mañana, con la cama de dos plazas quedaría poco espacio para caminar, pero podía poner solo el colchón. Entraría una biblioteca, el equipo de música y la tele, y poco más. La cocina tenía una mesada y dos sillas altas al mejor estilo de un bar. El baño quedaba al fondo. El vendedor terminó de hablar y mantuvo su sonrisa lo más que pudo, pero como ni la morocha ni yo preguntamos nada, pronto volvió su cara a un rostro verdadero.

Salimos y nos tomamos el ascensor. No hablábamos, hasta que no pude aguantar el silencio.

-¿Qué te pareció el apartamento? -le pregunté a la morocha. Ésta se dio vuelta, esbozó una media sonrisa, y me dijo:

-Chico.

-¿Demasiado chico?

-Demasiado chico.

-A mi me pareció acogedor, una pequeña cueva -dije levantando los hombros. La morocha no agregó nada.

Al salir, nos dimos cuenta de que íbamos para el mismo lado. Prendí un cigarro y caminé a su lado. No pareció molestarle la compañía. Me pidió una pitada. Caminamos en silencio un par de cuadras, compartiendo cigarros.

La invité a tomar un café, y volvió la misma sonrisa de antes.

-¿No te acuerdas de mí?

La pregunta me sorprendió. La miré con más detenimiento, pero su rostro no me sonaba familiar. Negué con la cabeza.

-¿Así que tan grande era la borrachera? -Me miraba divertida por mi desconcierto.- Nos conocimos el sábado. En el boliche. Me dijiste varias cosas, ninguna poco obscena.

-Ah...mirá. Digamos que estaba un poco pasado de copas. Supongo que las obscenidades no te molestaron tanto, ya que sigues acá.

-No esperaba verte de vuelta. Es raro verte tan serio, parecías muy suelto en el baile.

-Eso es por el alcohol, esconde muchas cosas. Decime, ¿qué tan patéticos fueron mis intentos?

-Bastante -dijo, y una risa iluminó su rostro.

-Supongo que a pesar de eso nos podemos tomar un café.

-Es posible -dijo. Se arrimó al cordón y paró un taxi.

-Fue interesante hablar contigo, desconocido. Nos vemos.

Estaba por entrar al taxi cuando reaccioné, le pregunté el nombre y el teléfono. Se subió al taxi y cerró la puerta. Empañó el vidrio y escribió FIO, y el taxi arrancó.

Todavía algo sorprendido, miré al taxi perderse en el tránsito. Me di cuenta que me había pasado varias cuadras de la parada de ómnibus. Empecé a desandar mis pasos, con el nombre rondando en mi mente.